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Si tiene 70 años, para el Banco Provincia usted está muerto PDF Imprimir E-Mail
viernes, 27 de noviembre de 2009

por Teódulo Domínguez


Repitamos el título: para el Banco Provincia usted está muerto tan pronto haya pasado de los 69 a los 70.
Haga una prueba.
Como cliente de varios años que opera con este banco “nuestro”, depositando dinero, abriendo una cuenta de ahorro, pagando facturas, en algunos casos solicitando un préstamo o una tarjeta de débito, haga una prueba,  inicie una gestión para conseguir una tarjeta de crédito.
La cosa comienza cuando un día se le ocurre preguntar en Buenos Aires si hay entradas para un determinado teatro y le dicen que para evitar varias molestias puede pagarlas con una tarjeta de crédito. De esta manera se ahorra el viaje, la fila, espera, gastos, pérdidas de tiempo. Es la gran solución, dice usted.
¿Dónde se saca una tarjeta de crédito, entre otros lugares?

En este caso del ejemplo, a mí se me ocurrió solucionar el tema en la delegación del banco de Villa Elisa.
Firmé la solicitud y varios días después pregunté. “La rechazaron”, me dijo muy apenada una persona del banco.
¿La razón?
Porque tiene 70 años o más.
Uno piensa ¿cómo puede ser? El banco ha trabajado con el dinero de la gente toda la vida, y como dijo Bernard Shaw que de bancos sabía mucho, cuando depositás te pagan miserables migajas y cuando pedís prestado te aplican la usura al máximo los inimputables usureros.
¿Qué problema hay –ensaya uno-, en limitar al máximo el crédito en casos de dudas o riesgos?  Después de todo, uno sólo quiere comprar unas entradas para un teatro
¿Es tan difícil encontrarle una salida a esta necesidad, en lugar de rechazar una gestión con el argumento de que los años del solicitante no ofrecen ninguna garantía?
¿No hay un seguro para estos casos, por ejemplo?
¿Son tantos los muertos que dejan de pagar por ocurrírseles dejar este mundo sin cumplir con un banco?
¿En serio hay que condenar de antemano a millares de personas mayores por el hecho circunstancial de haber superado los 70?
¿También se aplica a los gerentes de los bancos esta antojadiza previsión?
¿No podrán adquirir entradas de teatros los gerentes después de los 70?  

Estuve en la sede del Banco Provincia de City Bell.
Pedí hablar con el gerente. Una empleada me ofreció una silla. Le agradecí y me senté.
Entró en la oficina del gerente. Le explicó lo que yo le dije, que venía a saber por qué había rechazado mi solicitud.
Pensé que la empleada me invitaría a pasar.
No.
El gerente vino a mí, adonde yo estaba sentado, en medio de tres empleadas.
Se paró frente a mí y me preguntó de mal talante, simulando educación, qué me traía por el banco.
Me paré.
“No, siéntese”, casi me ordenó.
Por supuesto, era una situación muy incómoda.
El gerente un hombre grande, enorme, panzón, de caja ampulosa, gordísimo, unos 120/130 kilos, su ombligo a la altura de mi cara, y yo sentado, una cosa muy desagradable. Pensé “que tipo mal educado, que torpe”.
Me paré en defensa propia.
“No”, le respondí. “Usted no me hace pasar a su despacho;  yo sentado, usted parado delante de mí. No me cierra”. Me pareció ridículo tener que explicarle esto al gerente de un banco.
Mucho banco, poca calle. El gerente reaccionó. Me invitó a su despacho. Tarde. Había pasado de lo solemne a lo grotesco en menos de un bostezo de mosquito.
Le expliqué que sólo quería saber por qué me habían negado la tarjeta de crédito.
Negó. Negó todo. No sabía nada de la gestión. No recordaba mi nombre porque “uno ve tantos nombres”. Por supuesto, simulaba, me estaba subestimando.
Preguntó por qué yo estaba allí si la negativa me había sido dada en Villa Elisa.
Le respondí que Villa Elisa es delegación, no es sucursal, y siempre fue City Bell la sede donde se toman estas decisiones.
Quiso saber quién me había dicho que la solicitud había sido rechazada.
Le dije que no lo recordaba
Insistió con ánimo inquisitorio, como para tomar medidas luego contra el informante: ¿”Hombre o mujer”?
Pensé ¿me está pidiendo que delate a sus colegas de trabajo?
Le respondí que las decisiones se toman en City Bell, no en Villa Elisa, y eso es de toda la vida. Todos los clientes saben, por ejemplo, que los pedidos de préstamos los decide City Bell, no Villa Elisa aunque se gestionen en esta delegación. No le reconocen jerarquía a Villa Elisa para cosas importantes.

Al ver que no podía sacarme nada, el gerente se había transfigurado. Su rostro había perdido la placidez del humano bien alimentado. Se alteró. Perdió los estribos de la autodefensa. Se empecinó en saber el nombre de “quién me había dicho”.
Lo paré en seco. “Un momento, ¿para usted es más importante con quién hablé yo? ¿No le parece que lo único importante es saber por qué el banco me niega una tarjeta?
Contra todo lo que yo podría haber imaginado, este hombre vestido con ropa de gerente, siguió interrogándome como si yo fuera su subordinado. Todo era escuchado por las 3 empleadas del piso.
Volví a cortarlo, esta vez muy indignado: “Señor, no soy alcahuete suyo. Dígame por qué me negaron la tarjeta y se acabó”.
- Porque hay una norma interna que dice que el banco tiene el derecho de negarle la tarjeta a toda persona que tenga más de 70 años, --confesó al fin el gerente
- Pero eso es presunción, es juicio sumario, es condena preventiva, eso es discriminación.
El gerente vio que podía lucir sus conocimientos universitarios y me dijo en tono docente que “existen estudios sobre cálculos de probabilidades, y estas estadísticas dicen que a partir de los 70 años aumenta el índice de fallecimiento, de manera que si usted fallece ¿cómo hace el banco para cobrar su deuda?”.
El “si usted fallece” lo expresó con naturalidad, con esa lubricación que concede la agresión sistematizada, con la satisfacción que otorga la diferencia de edad entre un gerente relativamente joven, detrás de su poderoso escritorio,  y un cliente relativamente viejo desguarnecido en una silla de prestado. El poder. El gerente intentó persuadirme de que él ejerce el poder. En lo suyo, todo el poder. Impresionante.
Como yo lo miraba, tal vez, de una manera no habitual, insistió “esto lo hace este banco y cualquier otro banco, puede preguntar”.
- Este banco no es cualquier banco, --respondí. Este banco fue creado por el gobierno de la provincia con nuestro dinero, se supone que de alguna manera es nuestro, como se supone que su sueldo está garantizado por nosotros los ciudadanos aunque usted pueda argumentar que el banco es autárquico. A ver, conteste esta pregunta ¿quién nombra al presidente del Banco Provincia?
- El gobernador, --respondió el gerente, y retrocedió como advirtiendo algo en lo que no había reparado nunca.
- Está todo dicho, no es cualquier banco. Usted me debe atender como a un ciudadano no como a un cliente. De alguna forma, directa o indirecta, yo aporto para pagarle el sueldo.

No hubo caso. Aunque me hubiera preparado Demóstenes, jamás hubiera derribado un guijarro del muro bancario. No funcionó el pedido de reconsideración. No tendré mi tarjeta de crédito porque soy culpable, ante la ley, de haber pasado los 70. Como no pienso ir a Buenos Aires a hacer la fila y comprar las entradas para dentro de 15 días, me quedo en Villa Elisa y a otra cosa. Tal vez hay otra salida, pero a mí no se me ocurre.

Salí de este banco de City Bell muy descorazonado.
Reflexioné que el hombre, del principio al final de la charla, había intentado maltratarme porque me atreví a cuestionar “el sistema”. En lugar de apelar al equilibrio, la prudencia, la comprensión, cayó en la chatura de rebotar una pregunta como si estuviera jugando al tenis. Para él, yo era la pelota.
Pudo haber dicho déjeme que lo voy a consultar después de todo la ley prevé excepciones si se justifican por allí le hacemos una tarjeta de crédito hasta 500 pesos déjeme pero no le garantizo nada ¿de acuerdo?  Ni un chiquito de animalidad fraterna, ya no de humanidad.
La culpa no es toda suya, por supuesto, sino de quién lo designó.  En la designación se denuncia la calidad del mandatario. Algunos empleados no deben estar en contacto con el público. No significa descalificación. Unos nacen con virtudes innatas para tratar con la gente y otros saben que “el que nace para pito nunca va a llegar a ser corneta”.
Desde Dale Carnegie hasta Discépolo, está dicho en todo los manuales de autoayuda. Menos funciona si el estilo de conducción pasa por obtener triunfos sobre lo insignificante por encima de lo fundamental. En este caso, agravado por delación inducida.
Al mismo tiempo, conmigo tuvo un gesto despectivo, de personita que ha pasado por la universidad pero no la universidad por él, cuando le comenté que él y el banco discriminaban a la gente mayor y la insultaban con el grosero prejuicio de la muerte sospechada.
¿Mal gusto? ¿Torpeza? ¿Demasiado tiempo frente al televisor?  En cuanto a la reglamentación interna del Banco Provincia que “mata” a la gente a los 70: ¿cómo era aquello de la “solución final”, los trenes cargados con “débiles, inútiles y gays”, los hornos, el gas y el doctor Mengele?  No es lo mismo, pero huele, huele, el estilo huele.
Si fuera por este gerente y por el presidente del Banco Provincia, a todos aquellos que superen los 70 ni siquiera habría que atenderlos cuando entran a exponer una inquietud o a cobrar su jubilación.
¿Cómo se van a molestar en hablar con gente que han pasado los 70 y han sido declarados por el banco fuera de circulación hasta el juicio final?
El reglamento interno los considera muertos y ellos están para respetar el reglamento. Más no se les puede pedir.
- ¿Puedo tener copia de esa norma?, pregunté ya vencido y rota la fe.
- No. Las normas internas de un banco no son para el público, --contestó muy reglamentarista el hombre gordo.

Cuando le dije, ante una mueca de suficiencia, “tengo más años que usted pero se me ocurre que usted puede morir antes que yo” –lo cual forma parte del cálculo de probabilidades y las estadísticas- me miró de una forma extraña y balbuceó no sé qué palabras.

 
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