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En el comienzo de una nueva era política |
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lunes, 01 de noviembre de 2010 |
La Presidenta reanuda su gestión, dejemos que la Presidenta reflexione por Teódulo Domínguez
La Presidenta termina de arribar al Aeroparque para reanudar su tarea en la Casa de Gobierno. Atrás dejó el cuerpo de su esposo en el cementerio de Río Gallegos. Ha sufrido mucho, como mujer, como esposa, como animal humano que ha perdido a la mitad de su vida compartida. Ha sido, es un mortificante desgarro. Está sufriendo, ella, sus hijos, sus padres, toda la familia del matrimonio Kirchner Fernández. Respeto al dolor. Como en las antiguas batallas, luego de un feroz y terrible cuerpo a cuerpo a pura espada y puñal, los bandos acuerdan una tregua para retirar sus muertos. Honor a tanta valentía, coraje, bravura, cada uno en defensa de sus creencias, de su vida, de sus costumbres. Tregua. El sufrimiento es universal y la criatura humana no tiene capacidad intelectual para neutralizar el dolor físico y mental. Lo soporta hasta los límites de lo insoportable.
Enterrados los muertos, el futuro de ambos bandos, depende del repentismo de cada jefe rival. Depende de la locura de las bestias o del razonamiento, y si éste no funciona, el futuro depende de la prudencia ante el misterio de lo que se avecina, siempre desconocido aunque los diagnósticos aparezcan como certeros. Esta prudencia no se observa en los que gozan del dolor ajeno, en los enfermos de odio o de rencor, como tampoco en funcionarios que putean a los rivales y gritan sus ofertas como un valor partidista que la Presidenta no ha autorizado. Es tiempo de prudencia, de reflexión, de conciencia ante la grave responsabilidad de unos y otros, porque se juega el destino de la capitana, la tripulación y 40 millones de pasajeros en esta nave que acaba de zarpar luego de una grave pérdida humana y política. Nadie puede decirle a la Presidenta qué es lo mejor de aquí en más. Lo sabe. Tiene mucha experiencia como mujer, como legisladora, como primera magistrada. Ahora tiene la indeseable experiencia de la pérdida que desgarra, inexorable e incorregible. Puede escuchar consejos, nada más que escuchar. Hay que dejar que la Presidenta reflexione. Quienes en su cercanía intente pasar por encima de su investidura –como ya está ocurriendo- debe liberarla de esta intromisión en la cámara íntima de sus decisiones. Un paso al costado, la renuncia ya, el retiro obligado, civil o militar. La Presidenta ya pedirá los auxilios que necesite. Ya solicitará soluciones a sus técnicos y expertos. Quienes no adviertan el formidable cambio que ha generado la desaparición del ex presidente, en el manejo de la Casa de Gobierno, y con sus aventuradas sugerencias imaginen reemplazarlo, no deben esperar que les pidan la renuncia. Esto vale para el gabinete nacional, para la CGT, y para cualquier advenedizo que intente lucrar con esta grave situación, milite en las fuerzas de la oposición o en las corporaciones que manejan el dinero y las financias de este país. En siete años de gobierno kirchnerista se ha tratado de imponer un llamado “modelo” que ahora se estima será profundizado. Están a la vista varios éxitos y aciertos. La televisión oficial muestra obras viales, construcciones de viviendas, como demostración que, de otra forma, no podrían ser conocidas. Las estadísticas exhiben índices de aumentos en la recaudación impositiva y esto se traduce en pagos de deudas y dinero en la reserva del Banco Central. Es una realidad en el poliedro de las realidades. Mientras tanto, millones de pobres e indigentes reciben la ayuda del Estado para sobrevivir en un país que genera, cada día, alimentos para 300.000.000 de seres humanos. Es evidente que tanto la Argentina como el gobierno que la administra ofrecen, inclusive ante profanos y analfabetos, los elementos de una paradójica contradicción. Para reducirlo a la mínima expresión numerativa, un hogar de 8 personas, donde comen muy bien unos pocos, bien otros pocos y se mueren de hambre los dos o tres últimos de la familia. Es inaceptable que en un país con tanta riqueza agropecuaria, minera, acuífera, estratégica, de posicionamiento geopolítico tan excepcional, no haya trabajo digno sin ayuda estatal, no haya dinero mínimo e indispensable en el bolsillo de millones de habitantes para impedir que sus hijos sean alimentados fuera de sus hogares con comida chatarra, que millones de trabajadores se vean obligados a trabajar 10 y 12 hora por día para solucionar sus mínimas exigencias económicas y mucha gente se sienta obligada a emigrar, porque en su país no encuentra soluciones para vivir como Dios manda. Hay que reflexionar estas realidades que entran en el balance de una gestión de siete años donde los éxitos son ciertos e innegables, pero, al mismo tiempo, absolutamente insuficientes. Si se impone mostrar una de las graves insuficiencias, la muerte de tantos niños en el país, por efecto del hambre, de la mala nutrición y la desnutrición, son una prueba que está exigiendo una reflexión muy especial y medidas de tiempo de guerra. Esta nota habla de la muerte, del desgarro que genera, del dolor y el sufrimiento. No es menor el desgarro, el dolor y el sufrimiento para millares de padres, la muerte de sus hijos porque el Estado no acertó, hasta el momento, con la solución geopolítica de evitar estos fallecimientos. En una nota publicada meses atrás en un diario porteño, una conjunción de entidades estrechamente vinculadas al tratamiento médico y social del niño, ha declarado que se mueren en esta nación más de 10.000 chicos entre el nacimiento y los 5 años. Por otra parte, la reflexión en la Casa Rosada debe llevar a una eficiente formación de los cuadros jóvenes que gobernarán este país en el futuro para que la política reemplace al partidismo, como condición única y excluyente para acceder a los cargos de todo tipo en nuestro territorio. Sin otra condición de la militancia, sin concursos de competencia, sin otra aptitud que el voluntariado y el oportunismo, no hay país ni futuro. Hay que reflexionar sobre como defender a los argentinos contra las siniestras ambiciones de países extranjeros, no sólo de ocupar estancias y lagos, sino adquirir tierras para asegurarse la explotación propia de alimentos exportables exclusivos para sus países. Esta cuestión es de análisis prioritario inmediato. A esta gravísima situación, jeques árabes incluidos, donde no hubo un solo comentario del titular de la cancillería, se debe agregar la precaria defensa diplomática ante la piratería inglesa, como inadmisible la ausencia de reciprocidad frente a los 600 argentinos expulsados de España. Hay que reflexionar qué hacer ante tanta denuncia de corrupción y manipulación de la ley para impedir las sanciones previstas por la Justicia en cada caso. Es un insulto intolerable al trabajador y al empresario, la sola sospecha de que sus dineros son robados por gente elegida o designada para administrar los bienes del Estado. Si no se desalojan las sospechas, la Presidenta no puede gobernar para todos los habitantes. Hay que reflexionar si es justa la carga de gratuidad y subvención que sostienen los contribuyentes de toda condición, como también si es justo que las cajas de jubilación sirvan de proveedores de fondos a las más extrañas expresiones de esquilmadores, mientras a los propietarios de este dinero se les niega el porcentaje que termina de aprobar el Congreso Nacional. Hay que reflexionar si en un país como la Argentina, con tantos pobres e indigentes, con tantos niños que mueren por día por hambre –se dice que son entre 25 y 30-, es posible seguir sosteniendo a la Iglesia vaticana con los dineros de la gente, según el Art.2 de la Constitución Nacional. La misma Iglesia, con asiento en un territorio extranjero y cuyos obispos y arzobispos son nombrados en el exterior, caracterizados por interferir con sus injerencias en nuestros asuntos de Estado, como si el país les perteneciera y estuvieran autorizados a sugerir al Poder Ejecutivo las ideas que sostienen en el Vaticano. Hay que reflexionar sobre el mecanismo que permita llevar a la práctica el ridículo sonsonete del reparto equitativo de la riqueza y debatir cuáles son los roles del capital empresario y del trabajo humano que multiplica este capital. Si no se encuentra una fórmula, que la hay, para tolerar que en un grupo de personas afortunadas que manejan empresas retenga el 100% de la utilidad de sus negocios, mientras a la inteligencia de sus profesionales y el brazo de sus obreros sólo se les reconoce un sueldo como único derecho, es imposible hablar de justicia social, de aumento del consumo, de desarrollo generalizado y reinversión multiplicadora. Hay que reflexionar si la multimillonaria producción agropecuaria y minera se dilapida en commodities a bajo precio, sin valor agregado, o crear una ley en el Congreso Nacional por la cual nada sale de este país si no es manufacturado. Si esta ley es sabia y práctica de manera que la Argentina venda al exterior en las mejores condiciones de competividad, se termina gran parte de la desocupación, disminuyen al mínimo los “planes” y las subvenciones, la actual clase baja abandona su pobreza y, como ocurre en Brasil, va ascendiendo en la escala social por gravitación natural de una economía a su servicio, no al servicio del capital y, mucho menos, del complicado y perverso gran mundo de las finanzas. Hay que reflexionar en recuperar las redes ferroviarias que un ex presidente peronista, en una actitud demencial decretó “ramal que para ramal que cierra” y cerró millares de pueblos, sumiendo en la pobreza a millones de personas sin que la gente reaccionara e hiciera sentir su castigo. Este mismo sujeto hoy es legislador de la Nación elegido por sus propias víctimas. Una nueva era se abre en el país. Dejemos que la Presidenta reflexione, que ella confirme y destituya, que ella le marque el camino futuro a 40 millones de habitantes. Dejemos que los gobernadores, legisladores, intendentes, concejales, reflexionen. Si luego de este período de duelo, de dolor y pesar, surgen los antídotos inteligentes y razonados que bajen la fiebre y combatan las múltiples patologías que enferman el cuerpo de la Nación, esta nave llamada Argentina llegará a puerto, una y otra vez. Si, por el contrario, tanto elegidos como designados, además del éxito logrado, vuelven a equivocarse con tanta intensidad y frecuencia en los grandes principios y fundamentos de todos los tiempos, es aconsejable no votarlos nunca más. |
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