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Es inútil realimentar el método de las palabras seudoprofundas para lograr dar vuelta un sistema PDF Imprimir E-Mail
viernes, 03 de diciembre de 2010

Si el poblador no se convierte en ciudadano, es cómplice del poder y no elimina con el voto las enfermedades que lo agobian, consiente su violación y aburre con sus quejas

por Teódulo Domínguez


Hace unos días nos vimos obligados a tipificar una actitud altamente conflictiva: la aparente apatía de un grupo de unas 2.000 familias a las cuales el Estado amenaza con destruirles las viviendas con topadoras, en razón de un proyecto vial de alto interés comercial.
Nos preguntamos por qué una abrumadora mayoría de propietarios de viviendas de alto valor económico, ubicadas en la mejor tierra de Villa Elisa, La Plata, no se hallaban presentes en una asamblea vecinal cuyo centenar de asistentes pelea para impedir que por el Parque Pereyra Iraola pase la autopista Presidente Perón.
La acción de este centenar de defensores del citado paseo ha logrado, hasta el momento, que el proyecto sea cambiado por otro, por el cual, la nombrada autopista ya no pasará por el parque, pero en cambio pasará allí cerquita, a lo largo de la calle 403, Santa Rosa, límite entre Villa Elisa y el parque Pereyra Iraola. Se salva el parque y cae en la volteada una franja de 20 cuadras de largo por 4 de ancho, con unas 2.000 viviendas dentro de ella.
Porque sólo 2 propietarios de los supuestos 2.000 defendieron sus hogares, tipificamos esta actitud con la de la mujer que simula ser violada y reemplaza el concepto de violación por el de “violación consentida” y de esta forma se puede hablar de cualquier cosa pero nunca de “violación”. Decíamos, entonces “la violación consentida no es violación”.
Luego de esa nota que llegó a más de 10.000 lectores, hubo más de 400 frentistas en una audiencia pública organizada por el Estado en Berazategui, y hablaron en defensa de sus intereses más de 140 oradores. Todavía el grave problema no ha sido resuelto.

Ayer sorprendimos un caso similar, aunque de resultados menos graves. Está ocurriendo en la estación ferroviaria de Villa Elisa, donde la empresa concesionaria ha terminado una remodelación edilicia. Al mismo tiempo, una circunstancia nimia, se comenta, obliga a los jerarcas de F. G. Roca, a clausurar el portón de intercomunicación de andenes con cadena y candado para evitar accidentes que provoca un escalón altísimo porque está mal construido. En la misma altura que exige 2 escalones, la empresa ha colocado uno. Para “solucionar” este problema, cerró el portón y obliga a los pasajeros que vienen de Constitución y los que viajan a La Plata, a recorrer unos 150 m extras, dar una vuelta al final del anden y desandar el trayecto para acceder a una línea de micros y una agencia de remises. Cuando llueve, por dar un ejemplo fácil, chicos y grandes se deben mojar y los que peor sufren el desaguisado son los mayores de edad y gente en sillas y cochecitos.
Lo que queremos subrayar es que nadie, prácticamente nadie, de estos centenares de pasajeros agredidos por la nueva “solución” de los jerarcas ferrocarrileros, ha hecho el mínimo esfuerzo para organizarse y pelear esta condición de sometimiento hispano siglo XV.

Es un nuevo caso de “violación consentida” y, de no mediar la débil influencia del periodismo local que practica este blog y la revista “Infu”, a estos centenares de víctimas no les queda otra esperanza que apoyarse en esta única gestión para reponer las cosas en su lugar. Si es por los pasajeros, la causa ya está perdida de por vida.

Hay otra solución, pero se halla tan lejos en el tiempo y es tan utópica en su practicidad, que no sólo es una “no solución” sino que sumará un capítulo más a la manifiesta decadencia en que ha caído la sociedad argentina por seguir concediendo violaciones a sus costumbres y derechos naturales, sin hablar de leyes, deberes y obligaciones porque nos internaríamos en una parodia de alto voltaje tragicómico.
 
Esta solución es el voto y sólo nombrarla causa escozor.
Pensar que varios millones de personas que han pasado de la cultura del trabajo a la cultura de la limosna, vayan a rebelarse contra un sistema que los eterniza como pobres e indigentes, es vivir en otra galaxia.
Pensar que cambiarán la dádiva periódica que les permite sobrevivir en el granero del mundo, por una vida digna, de trabajo bien remunerado e incluso con participación en las utilidades como lo establece el Art.4 bis de la Constitución Nacional, es estar soñando una pesadilla.
Pensar que millares de ciudadanos cambiarán el piquete callejero, las banderas de sus  derechos, el ruido del bombo y las caminatas bajo el sol y la lluvia, por el voto masivo que deje fuera de circulación a tanto legislador y funcionario que les jode la vida con el cuento de que los representa y defiende, es estar borracho o con una gran carga de porros en el cerebelo.

Todo esto viene a cuento de un comentario que hoy publica en “La Nación” el comentarista Fernando Laborda, cuando trata de explicarse y de explicarle a su lector el porqué de tanta indiferencia pública ante las graves evidencias de altísima corrupción que publican los medios todos los días sin que haya nadie preso.

¿Qué se pregunta Fernando Laborda sin hallar respuestas que lo tranquilicen?

Dice:
 
“Analistas de opinión pública intentan explicar por qué la sociedad no se escandaliza frente a hechos como los comentados o ante incómodas revelaciones de los cables secretos de la diplomacia norteamericana sobre el gobierno argentino.
Explican que gran parte de los ciudadanos, ante cuanto encuestador se les ponga por delante, expresan que les preocupa la corrupción, y mucho más si se registra en el Estado. Pero no siempre, o casi nunca, actúan en consecuencia.
Las hipótesis sobre esta contradictoria actitud son básicamente dos. La primera indica que la mayoría de los ciudadanos piensa que, en última instancia, "todos roban" y que ni oficialistas ni opositores se hallan exentos de ese mal. Es grave.
La segunda hipótesis apunta a que la población no castiga la corrupción mientras no perciba que afecta su propio bolsillo. En otros términos, se puede dejar de lado la decencia si vivimos en una fiesta consumista. También es grave.
Cuando la ciudadanía cree o es inducida a creer que todos son corruptos, en definitiva no hay corruptos ni mucho menos condenados. Y en ese contexto quienes bajo pretextos ideológicos promueven el intervencionismo estatal porque, en realidad, ven en él un negocio personal siguen llenándose los bolsillos. Es su vía de salida del laberinto”.

El comentario de Fernando Laborda es el de una veintena de sesudos analistas que publican diariamente sus teorías tanto en “La Nación” como en el resto de los medios. Hablan, hablan, hablan, como si nosotros los lectores todavía no hayamos comprendidos en sus justos términos que es un corrupto aunque la Justicia no lo haya metido preso, cuántos  hay en el país y a qué grupos pertenecen, dentro del oficialismo y la oposición, dentro de los sindicatos y las empresas, dentro de las organizaciones de la ciudad y dentro mismo del ámbito agropecuario. ¿Hay que agregar “dentro del mundo financiero”?
Mientras las violaciones al hombre y la mujer de a pie continúen siendo violaciones consentidas, mientras los inocentes pobladores de este país no se conviertan en ciudadanos, mientras los jóvenes se desentiendan de sus responsabilidades y todo sea que se encargue papá y mamá, mientras los trabajadores cedan sus derechos a cambio de migajas y complicidades, mientras los abuelos se hagan los viejitos en lugar de organizarse y exigir que no les roben más sus dineros, mientras toda esta gente llamada “votantes” avale con sus votos a todos los que les joden la vida, mientras el voto sólo sirva para decir “ya voté” o por el contrario millones de personas se escuden en el “para qué”, y entonces no voten, pero tampoco ofrezcan sus inteligencias y decencias para el bien común, mientras millones de víctimas no manifiesten su bronca con el voto, Laborda y los grandes pensadores de los medios seguirán añadiendo palabras sin razón ni sentido, porque ninguna de ellas ofrecen una solución pragmática.
Es cierto que las palabras de una eventual solución tampoco son una garantía de terapia definitiva.
Pueden decir los pensadores, de vez en cuando,  “no vote nunca más a quien lo ha traicionado en el Congreso de la Nación”, “no vuelva a dar su voto al diputado que no ha ido a trabajar en todo el año”, “no cometa el error de recolocar en una banca a un concejal que no ha defendido ninguna de sus urgencias”, “no dé su voto al funcionario que aparece muy cuestionado como dirigente honesto” “sancione con el retiro de su voto al dirigente que se quedó con un vuelto”. Puede decirlo Laborda y el resto, y su recomendación caer en saco roto.
Pero valdrá más que pontificar, que aplicar paños tibios a los apáticos e indiferentes, a los cómplices de la inmoralidad. 
Habrá valido la pena emplear el tiempo y el espacio de los medios imitar al médico que receta el mejor específico para salvar una vida y cuando el enfermo persiste en no acatar la sabia sugerencia profesional y el paciente se muere con los pulmones cargados de nicotina, al menos a este buen doctor le queda el escape de musitar por lo bajo “jodete, hombre, jodete”.


 
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