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Jesús Rodríguez, corresponsal en Salta, un dignísimo ejemplo para los periodistas de la Argentina
por Teódulo Domínguez
Fotos Jesús Rodríguez, Clarín
Es notorio que uno de los periodistas que más se destaca al escribir sobre las muertes de niños por efectos de la miseria, la indigencia y la desnutrición en el país, es el excelente corresponsal de Clarín en Salta, Jesús Rodríguez.
Lo conozco desde hace más de 30 años. Fui colega de él, y me enorgullece decirlo.
Me sigue sorprendiendo su dinamismo, su fuerza, su coraje, su pertinaz vocación profesional, su irrefrenable impulso por revelar ya mismo qué está pasando en su provincia, a su gente, y en estos últimos meses, qué está ocurriendo con el infanticidio estatal en el Norte del país.
Mientras en la Presidencia, en las gobernaciones, entre los funcionarios de uno y otro estado, tratan de despegarse de las notas de Jesús, o de los que, como Jesús denuncian cada día el infanticidio gubernamental, Jesús parte de su base en Salta a cada momento, viaja en coche, en camioneta, anda a caballo o en mulo, camina, trepa como una cabra los tramos más inaccesibles, pero llega a los lugares más escabrosos de la escarpada Salta.
Pregunta y avanza,
pregunta y llega, entra al poblado, al caserío, percibe los olores,
registra en sus retinas las carencias, toma fotos, golpea las manos en
la guarida del chico muerto, conversa con los padres, se entera, toma
nota, graba en su cerebro, se despide, vuelve, desanda lo andado,
escribe sin quitarle una coma a lo que ha visto, escuchado y sentido,
envía su trabajo a la redacción central, respira, come algo y se
acuesta.
En una hoja del diario, como en la voz de un locutor su nota levantada, aparece la nota de Jesús. Misión cumplida. A otra cosa.
Allí están, como en un documento que alguien hallará dentro de mil años
en los papiros actuales de otra cueva del Mar Muerto, los títulos de
Jesús:
Otros dos bebés mueren por desnutrición en Salta
“A mi hija se le notaban las costillitas flaquitas y que además respiraba mal”
“Julián no comía bien, estaba flaquito y se le notaba mucho el bajo peso”
Murió otro chico aborigen en Salta y confirman que fue por desnutrición
Cerraron una unidad para chicos desnutridos por “no ser necesaria”
“Mi hijo me pedía comida, pero yo no pude comprar nada para darle”
Ahí están las palabras, los títulos de Jesús, recogidos en el mismo
lugar donde estos niños murieron y sus padres denuncian, transmitidas
sin que el cronista agregue nada para llamar la atención.
Para el buen lector y sin que Jesús se lo proponga, se puede percibir el
escaso aliento de la madre o el padre del chico, como un susurro,
cuando dicen ¨el Julián estaba flaquito” o “a mi hija se le notaban las
costillitas”. Hay olor a miseria, a último suspiro, a tufo de heces en las zanjas, no hay
olor a comida.
¿Acaso es preciso que Jesús le inserte un solo adjetivo a la muerte de
un niño, crucificado por el Estado a morir en la cruz del hambre? ¿Acaso
es necesaria siquiera una foto de la crucifixión para hacer más
espectacular el asesinato legal, el que ninguna ley procesa, condena ni
pena?
¿Acaso hay que apelar a la supuesta inteligencia de los legisladores, o
la de los miembros de la Corte Suprema, para apuntarles que ellos envían a
la cárcel a un Jean Valjean que robó un pan, pero no hacen lo mismo con
los que generan o permiten generar las condiciones por las que mueren
más de 11.000 chicos por efecto del hambre en el país?
Jesús le está mostrando estos títulos a una señora que llega cada mañana
a la Casa Rosada, entre exagerados taconazos de granaderos y
empuñaduras de espadas presionando el pecho, recorre varios
metros, sube al ascensor, atraviesa la vieja y pesada puerta de su
despacho, se ubica en su escritorio y desde allí, secundada por un
gabinete de una veintena de hombres y mujeres especialistas en gobernar,
decide qué hace ese día, con quiénes lo hace y dónde lo hace. Ella
elige, ella ordena. Es la presidenta a veces, otras veces la monarca.
La pregunta es ¿alguien de prensa, del ministerio del Interior, de la
secretaría de Gobierno, del ministerio de Salud, alguien, le instala a
la señora Presidenta sobre su escritorio uno de los títulos que le
escribe, indirectamente, el corresponsal Jesús Rodríguez, desde un
paupérrimo poblado salteño, que en ese lugar de la Argentina,
competencia directa del Gobernador y la Presidenta, Jesús le está
diciendo al mundo que acaban de morirse dos chiquitos por efecto de la
pobreza, la indigencia, el hambre, la mala nutrición, la desnutrición y
la desidia oficial?
¿Se entera la primera mandataria de la Argentina de esta realidad, tan visible y trascendente para millares de lectores?
Debo pensar que no. Debo pensar que se lo ocultan. Debo pensar que
existe un mecanismo, tal vez mágico, tal vez ficcional pero perverso, que le impide
enterarse de estas muertes ocurridas en todo el país, pero que sólo los
Jesús de las redacciones exponen en sus títulos para alertar, para hacer
ver, para denunciar y detener, de una vez, por todas este horrible holocausto
argentino, este vergonzante infanticidio de los tres poderes de la Nación.
No puedo, ni quiero pensar, que la señora Presidenta lea estas notas que
vienen del Norte, y las patee a un costado, que las deje para mañana,
que ni siquiera le pregunte a su ministro de Salud si lo que están
diciendo Jesús y algunos de sus colegas de las redacciones es cierto o
no.
No me cabe en la más recóndita de mis neuronas que la presidenta de la
Nación conozca que en su país, todos los días del año se le están
muriendo más de 30 chicos, y la Presidenta viaje al exterior, a lugares
del Gran Buenos Aires, al interior, y no haga absolutamente nada, pero
nada nada, por las denuncias que los Jesús de este país le arriman cada
día a su escritorio, cuando desembarca en la Casa Rosada.
A la Presidenta se le están muriendo 30 chicos por día.
De estos 30 chicos, dicen los especialistas de Asumen, pueden evitarse el 60% de los fallecimientos.
Si la gente de Asumen tiene razón, y tiene razón porque lo pueden
demostrar sólo con 5 de sus propuestas, 18 de estos chicos no tienen por
qué morirse cada día.
Si los profesionales de Asume fueran llamados a la Presidencia, pueden
sugerir, aconsejar, proponer cómo se pueden salvar más de 7.000 chicos
de los más de 11.000 que se mueren en el país cada año.
Como si estos chicos y estos padres pertenecieran a un país exótico de
Asia o del Africa profundo, la Presidenta no los tiene ni retiene en su
cabeza. No existen, ni vivos, ni muertos.
Jesús y los Jesús del periodismo argentino hacen su trabajo.
La Presidenta no hace el suyo.
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