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Genera interrogantes un comentario del
Dr. Nelson Castro sobre ataques a la prensa
por Teódulo
Domínguez
Tengo un gran
respeto por el doctor en medicina y mejor periodista Nelson Castro.Termino de leer
un comentario suyo en “La Nación” que me sorprende.
En mis charlas en
la UNLP lo he citado como un ejemplo de profesional decente, buen
preguntador, explorador de cuestiones difíciles de tratar y ecuánime a la hora
de manejar esto tan difícil como es el equilibrio objetivo de un hecho donde no
siempre se alcanza la verdad.
En esta nota de "La Nación" el
Dr. Castro me sorprende.
Como también me
sorprenden, en otras ocasiones, profesionales como Jorge Lanata, Pepe Eliaschev, Alfredo Leuco y
otras figuras del periodismo nacional, que tratan de hacer un buen trabajo cada
vez que enfrentan una cuestión de complicado tratamiento, con aristas y
contenidos escabrosos, donde intervienen personajes que hacen equilibrio entre
lo lícito, lo legal y lo delictivo, entre la honestidad simulada, el ejercicio
del poder corrompido y la simple apropiación del dinero ajeno para engrosar las
faltriqueras propias.
En el caso del
Dr. Castro me sorprende más porque es médico.
Tal vez yo esté
mal informado. Tal vez.
Confieso que no
soy adicto a la televisión. Casi ni la miro. En muchos aspectos me da pena. Una
tecnología tan linda y brillante. Con tanta abundancia de margaritas y
chanchos.
No estoy con la
oreja pegada a la radio. Pero escucho buenos noticieros.
En cambio recorro
con frecuencia, a cualquier hora, la pantalla de la notebook, bajando diarios
del país y del mundo. En algunos casos un buen título, un copete bien
construido me atrapa y bajo la nota. Le hago copy y paste, la imprimo en un
archivo y la guardo en una carpeta específica. Es un acto siempre gratificante.
No recuerdo, en
este manejo culinario de mis fuentes informativas, haber leído del Dr. Castro,
de Lanata, Pepe Eliaschev, Alfredo Leuco y otros buenos profesionales de la
radio nacional, con insistencia y agresividad, una cuestión que me tiene mal de toda la vida y cuya solución
no he hallado nunca, muy a pesar mío.En este sentido,
me declaro inútil, inoperante, impotente, aunque no vencido y menos con los
brazos caídos.
El médico Castro
publica hoy en La Nación uno de sus buenos trabajos reflexivos de actualidad,
titulado “Una prensa forzada a silenciar escándalos”.
Siempre lo
acompaño en su intento de defender a la prensa contra los embates de la abogada
Cristina Kirchner, de sus ministros Fernández, Timerman, Boudou o Randazzo,
quienes suponen que estas escaramuzas contra empresarios, muchos de ellos no
periodistas, son la solución de los grandes problemas que afectan a millones a
personas, y que se arreglan neutralizando a “Clarín” o “La Nación”, diarios que
muy poca gente lee en una población de 40 millones de individuos.
Esta exagerada
preocupación de Cristina Kirchner y su gente,
es una prueba más de su falta de calidad en el manejo del gobierno.
Al pasar,
necesito decirle al Dr. Castro y al resto de mis colegas que los propietarios
de “Clarín” y “La Nación” no son, de ninguna manera, reitero, de ninguna manera
son “la prensa del país”.
Tuve la inmensa
dicha de compartir muy felices momentos con muchos colegas de “La Nación” y con
algunos de “Clarín”.
Y me aprieta el
penoso recuerdo de haber sufrido a los propietarios de los dos diarios, no sólo
por perversos sino por mediocres.
A los
propietarios de “La Nación” les hice juicio por daño moral y se los gané en
primera y segunda instancia.
Más aún, mi
causa, defendida por mi excelente amigo Nelson Domínguez, sentó jurisprudencia
en el país.
Los propietarios
de “Clarín” me echaron, me indemnizaron y nunca conocí el porqué. Junto
conmigo, fueron despedidos e
indemnizados otros 70 colegas.
Esta práctica
periódica de Ernestina Noble, que de periodismo sabe poco y lo poco que sabe no
lo sabe explicar, y del primer gerente Héctor Magnetto, cuya especialidad es
castigar a su personal sin piedad ni arrepentimiento, no merecen el homenaje de
ser reconocidos como “gente de prensa”
ni confundidos como el gran poder que puede desestabilizar a un gobierno,
corrupto o decente.
¿Qué es lo que me
llamó la atención del comentario del médico Nelson Castro?
Unos párrafos que
paso a transcribir:
Se repite en estos momentos algo que ya sucedió en
1995. En aquel año, Carlos Menem -hoy devenido kirchnerista de la nueva hora-
obtuvo la reelección con un triunfo contundente que dedicó a los medios.
En aquella hora, la prensa descubría y exhibía
ante la opinión pública los escándalos que salpicaban a aquel gobierno
emblemático de la corrupción. Sin embargo, al momento de votar, la sociedad no
tuvo en cuenta esos hechos. ¿Significa ello que los periodistas deberíamos
dejar de ejercer nuestra profesión con un enfoque crítico?
Ante la contundente victoria alcanzada por la
doctora Cristina Kirchner ¿estaríamos forzados a silenciar los mentirosos
índices el Indec, los escandalosos manejos de los fondos públicos asignados al
proyecto Sueños Compartidos, de las Madres de Plaza de Mayo, que encabeza Hebe
de Bonafini; los episodios de toma de tierras en Jujuy, los hechos de represión
contra la comunidad aborigen de Formosa, el impresionante enriquecimiento del
patrimonio de la Presidenta, los sobreprecios de obras públicas, y otros hechos
más que constituyen un largo y pesado etcétera que puebla la realidad del país?
Me pregunto ¿cómo es posible ignorar un hecho mil
veces más dramático que los enumerados por el médico Castro, en un campo que es
su especialidad, tanto como periodista como facultativo?
¿Cómo no figura en la lista de “otros hechos más” del Dr. Castro el factum de que en el país se
mueren, cada día, unos 30 chicos por efecto directo e indirecto de la
desnutrición, de la mala nutrición, de la pobreza, de la indigencia, de la puta
hambre que enferma y mata a más de 9.000 bebés que no alcanzan el año de vida y
a 12.000 pequeñitos que no llegan a vivir mas de 5 años en este país que
exporta 50.000 millones de dólares sólo en alimentos y que puede alimentar, por
día, a 430 millones de seres humanos?
¿Cómo no desafían
el Dr. Castro y el resto de los muy buenos periodistas que tenemos en esta
formidable república, al poder de los Kirchner, de los Aníbales, de los Randazzos,
de los Timerman, de los Boudou, a que
declaren la guerra, la guerra literal, sin eufemismos ni tropos, a las causas
que genera tanta puta muerte, tanto llanto, tanta angustia y devastación moral,
tanta tragedia maldita que poco le importa al Gobierno y sus paños tibios, al 90%
de los propietarios de los medios y sus cronicitas sobre el tema donde siempre se
destaca el hecho gratificante pero ultrainsuficiente de la solidaridad y la
beneficencia?
¿Qué mordaza,
mental o material, les impide a gran parte de los periodistas de este país
hacer lo mismo que están haciendo con el calvario y muerte de esta infortunada
niña de 11 años, Candela Sol Rodríguez?
¿Acaso el
estímulo debe ser la espectacularidad de lo aberrante, lo escabroso del tema,
el condimento que erige en noticia aquello que consumen neuróticos y
sicóticos?
Es
decir, ¿no
interesa a la prensa de cada día la muerte que comienza en la panza de
la madre
desnutrida, empobrecida, ignorante, que luego sigue durante 9 penosos
meses en un caserío del Norte o del Gran Buenos Aires, esa muerte que
ocurre en la
parición o días después, en el silencio de una casucha, o de un
paupérrimo
hospital de pueblo, esa muerte que se concreta antes del año o antes de
los
cinco, esa misma muerte que el médico irresponsable y mentiroso tipifica
como
“paro cardiorespiratorio no traumático” en casi todos los casos de
muertes de indigentes,
repito, esa muerte anónima, nunca explorada por un periodista, esa
muerte que nunca merece una tarea descriptiva en el día a día de una
redacción y donde ni siquiera se identifica al chico con su nombre y
apellido?
Acaso estas
muertes desconocidas y enterradas en los tugurios más oscuros, ¿no reúnen las
condiciones que los periodistas exigen para garantizar el éxito de “su” nota?
Para que el
periodista que hoy ignora estas muertes de 12.000 chicos por año, ¿es necesario
que los alimentos informativos estén adobados con factores truculentos,
morbosos, procaces, donde haya un padre preso por pirata del asfalto, por
haberse quedado con un vuelto de su pandilla y cuya hija termina oficiando de garante,
donde desde el gobernador hasta el último vecino del barrio aparecen por la TV
con los rostros desencajados y la indignación se vea en carteles gritando
Justicia? ¿Es necesario que la víctima aparezca en un contenedor de basura, acuchillada,
sin ropa, aunque sin haber sido violada?
Hay una entidad
en Buenos Aires, se llama “Asumen”, uno de los coordinadores es el Dr. Bernardo
Chomski, el primer contacto se puede hacer en la dirección
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. Si alguien quiere informarse, en estos portales www.tdperiodismo y www.e-infu.com se leen varias notas.
La gente de “Asumen” asegura que si el Gobierno, en todos sus expresiones,
aprueba leyes como la de los enfermeros dormida en el Congreso Nacional,
asegura los fondos necesarios y perfecciona el sistema médico asistencial, se
pueden evitar el 60% de estas muertes.
En otras palabras, técnicamente es posible salvar la vida de 245
embarazadas y unos 7.200 niños, entre las 410 embarazadas y 12.000 chicos que
se mueren por año.
Invito a mis colegas y a los propietarios de los medios de todo el país:
traten la muerte de cada embarazada y cada niño en este país con el mismo
esfuerzo y dedicación que tratan la muerte de la niña Candela Sol Rodríguez y
celebremos con la copa en alto el salvataje humano más glorioso y digno de la
historia del periodismo mundial. Si les parece el proyecto ya tiene nombre:
“Operación Candela”.
Dr. Nelson
Castro, perdón y una vez más, gracias por su tarea. Un abrazo.
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