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La jauría que informaba a los secuestradores de Candela, no son periodistas reconocidos por los profesantes de la información de interés público
por Teódulo Domínguez
Las memorias de Emilio Petcoff y Enrique Sdrech acuden de inmediato a la mente de los viejos periodistas de este país en los últimos días, a raíz del cuestionado tratamiento informativo del secuestro, pasión y muerte de la pequeña Candela Sol Rodríguez.
Pocas veces un grupúsculo de “periodistas” ha gestado tantas reprobaciones de los sectores más variados de la sociedad. El desconcierto ha provocado generalizada confusión y se impone otro comentario más para poner las cosas en su lugar.
Sin quererlo, por supuesto, estos “periodistas” de pacotilla le han juntado la cabeza a policías, actores, gente de prensa, partidos de la oposición y del mismo gobierno central, quienes, de manera unánime, han rechazada esta repugnante forma de falso periodismo.
En una coincidencia que muy
pocas veces ha ocurrido, el fuerte cuestionamiento al farandulismo de
estos seudos periodistas, ha hecho ver que una gran mayoría no está de
acuerdo con la manera en que ha sido tratada esta infortunada pequeña de
11 años. Mientras todos esperaban que las circunstancias obraran en su
favor, el desenlace de terrible martirio y muerte ha conmovido “hasta
las piedras”.
La pregunta es si estos sujetos devenidos periodistas son o no son los
culpables de haber presionado a los secuestradores, hasta el punto de
inducirlos a sacarse de encima a la niña y dejar su cuerpecito
abandonado en la vía pública, antes que la policía llegara a su guarida y
los sorprendieran in fraganti.
En este sentido, viejos periodistas tal vez recuerden una situación
narrada por uno de los mejores analistas de cuestiones policiales,
Enrique Sdrech, de “Clarín”.
“Un día nos llama el jefe de policía a todos los cronistas de policiales
–narra Sdrech y nos informa que la hija de un fuerte mercadista chino,
de la Capital Federal, había sido raptada. Explica el policía que los
primeros indicios muestran que los delincuentes pertenecen a la mafia
china, con viejos códigos muy distintos a los chorros locales, y por lo
tanto la policía estaba actuando con otro esquema. De allí la
convocatoria a los cronistas. Era un problema muy grave. Para defender
la vida de la pequeña china había que trabajar en equipo, policías y
periodistas, hasta que la menor fuera recuperada y la banda capturada.
Así ocurrió. En uno de los pactos más secretos, los mejores pesquisantes
del departamento central de policía establecieron una estrategia para
el caso, trabajaron día y noche como si no estuviera ocurriendo nada, en
los medios no se filtró un solo dato, y a los pocos días la niña estaba
con sus padres y los chinos mafiosos encerrados.
Cabe destacar que no sólo los cronistas policiales mantuvieron el
compromiso pactado, sino que éstos advirtieron de la situación a sus
jefes y colegas de las redacciones. Todo el mundo cerró la boca. Algunos
ni siquiera comentaron el caso con sus familiares.
El valor supremo era la vida de la secuestrada. Todo quedó subordinado a
garantizar la seguridad de la menor y, a partir de su liberación, los
cronistas recuperaron su libertad de acción para escribir sobre el caso
como se les ocurriera.
¿Por qué no se hizo lo mismo en el caso de Candela, como de tantos
otros? ¿Por qué fueron ventilados datos, informes, a través de cierta
prensa que, con el pretexto de aparecer original y superar a colegas con
primicias grotescas, fueron funcionales a los delincuentes?
En el caso de Candela, dio mucho que hablar la simultaneidad de algunos
allanamientos con la puesta en pantalla del “nuevo periodismo”
practicado en programas “docentes” que se observan en la televisión
porteña.
Estos “periodistas” les informaban a los secuestradores de Candela en
qué momento se haría el allanamiento, en qué barrio y qué fuerzas
actuarían.
Reiteremos la presunción: ¿qué grado de cómplice responsabilidad
ostentan estos “periodistas”, sus jefes de Redacción, directores de
medios e, incluso, empresarios de los canales, en la muerta de Candela?
Si se lograra un veredicto sobre la culpabilidad de esta conducta ¿cuál sería la sanción que correspondería aplicar?
Por el momento, es gratificante la condena colectiva registrada en gran parte de la sociedad.
Un medio informativo está organizado con una rígida estructura piramidal.
Una cosa es la libertad de expresión y otra la libertad de acción conjunta y acordada ante cada nota.
Ningún cronista actúa con absoluta libertad de criterio, sino que está
sujeto a un determinado estilo del medio, donde se establecen las líneas
y objetivos fundamentales del accionar informativo.
No sólo se analiza con el máximo de precisión cómo serán cubiertos los
espacios, los tiempos de inversión y las fuentes informativas, sino que
todos los integrantes del medio conforman un gran equipo que cumplen, en
algunos casos, las exigencias de una orquesta sinfónica, aunque sin
ensayos y, en cambio, un gran dominio de la improvisación para atrapar
valores y descartar residuos.
Si el mismo gobierno de un país trabajara en equipo, con el ritmo y
calidad que caracteriza la edición de un diario, por ejemplo, otros
serían los resultados que podría mostrar al cabo de una jornada de 10 ó
12 horas.
Las 40 ó 50 páginas de un diario, como la edición de un informativo de
una hora por televisión, o de 5 minutos en radio, comienzan de 0, en
blanco, y poco después salen al aire con notas, crónicas o simples
gacetillas ocupando integramente cada espacio diagramado.
Sin embargo, el centenar de hombres y mujeres de un diario, tanto de la
Redacción como del resto de la secciones, no sólo colocan millares de
ejemplares en decenas de quioscos de todo el país, con un mínimo de
errores, sino que lo han hecho en función de equipo.
Aunque no se conozca ni se intuya, un medio que se respete no sólo
cuenta con un selecto número de cronistas y redactores, sino que exige
la presencia dinámica, inteligente y responsable de un conjunto de
capitanes, -director, secretarios, jefes-, sin cuya dirección es
imposible generar un producto de tan difícil manejo como un medio
gráfico o audiovisual.
De allí proviene el alto grado de organización que exige un medio, de
cualquier envergadura, para salir al aire o exhibirse en la calle.
Al mismo tiempo, el público es entretenido con expresiones de
divertimento colectivo, y su carga fulgurante de luces, colores, con
intérpretes de la más disímil variedad circense, donde campea el
producto escatológico como la persecución callejera, con cámara en
ristre, sobre una pareja que termina de salir de una vivienda.
Esta forma de “comunicación colectiva” intenta ser reconocida como una expresión más del periodismo de un lugar.
Inclusive sus actores suelen apelar al uso de términos de una redacción,
donde le hacen una “nota” a una señora que inaugura un implante donde
le termina la camisa de abrigo, o un reportaje a un bailarín supersónico
para averiguar cuál es su record en número de vueltas por minuto.
En otros casos más dramáticos, el público trata de asimilar la razón de
una pregunta del supuesto cronista a una madre a la que le terminan de
asesinar un hijo, “cómo se siente, señora” o “qué le diría al criminal”.
En periodismo, como en otras actividades, nadie es nada si no existe el
reconocimiento ajeno. El periodista sólo es periodista cuando la gente
lo reconoce como tal. Sólo en esa circunstancia. No valen en esta
actividad los títulos universitarios o las habilitaciones para ejercer
el cargo.
Por estas razones, en el ámbito profesional de la prensa mundial, los
protagonistas del divertimento farandulesco no son periodistas, como
tampoco son periodistas los acusados de haber bastardeado el martirio y
muerte de la pequeña Candela Sol Rodríguez.
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