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Ante un público desconcertado por la actuación de pseudos se impone aclarar PDF Imprimir E-Mail
sábado, 10 de septiembre de 2011

La jauría que informaba a los secuestradores de Candela, no son periodistas reconocidos por los profesantes de la información de interés público

por Teódulo  Domínguez

Las memorias de Emilio Petcoff y Enrique Sdrech acuden de inmediato a la mente de los viejos periodistas de este país en los últimos días, a raíz del cuestionado tratamiento informativo del secuestro, pasión y muerte de la pequeña Candela Sol Rodríguez.
Pocas veces un grupúsculo de “periodistas” ha gestado tantas reprobaciones de los sectores más variados de la sociedad. El desconcierto ha provocado generalizada confusión y se impone otro comentario más para poner las cosas en su lugar.
Sin quererlo, por supuesto, estos “periodistas” de pacotilla le han juntado la cabeza a policías, actores, gente de prensa, partidos de la oposición y del mismo gobierno central, quienes, de manera unánime, han rechazada esta repugnante forma de falso periodismo.

En una coincidencia que muy pocas veces ha ocurrido, el fuerte cuestionamiento al farandulismo de estos seudos periodistas, ha hecho ver que una gran mayoría no está de acuerdo con la manera en que ha sido tratada esta infortunada pequeña de 11 años. Mientras todos esperaban que las circunstancias obraran en su favor, el desenlace de terrible martirio y muerte ha conmovido “hasta las piedras”.

La pregunta es si estos sujetos devenidos periodistas son o no son los culpables de haber presionado a los secuestradores, hasta el punto de inducirlos a sacarse de encima a la niña y dejar su cuerpecito abandonado en la vía pública, antes que la policía llegara a su guarida y los sorprendieran in fraganti.

En este sentido, viejos periodistas tal vez recuerden una situación narrada por uno de los mejores analistas de cuestiones policiales, Enrique Sdrech, de “Clarín”.
“Un día nos llama el jefe de policía a todos los cronistas de policiales –narra Sdrech y nos informa que la hija de un fuerte mercadista chino, de la Capital Federal, había sido raptada. Explica el policía que los primeros indicios muestran que los delincuentes pertenecen a la mafia china, con viejos códigos muy distintos a los chorros locales, y por lo tanto la policía estaba actuando con otro esquema. De allí la convocatoria a los cronistas. Era un problema muy grave. Para defender la vida de la pequeña china había que trabajar en equipo, policías y periodistas, hasta que la menor fuera recuperada y la banda capturada. Así ocurrió. En uno de los pactos más secretos, los mejores pesquisantes del departamento central de policía establecieron una estrategia para el caso, trabajaron día y noche como si no estuviera ocurriendo nada, en los medios no se filtró un solo dato, y a los pocos días la niña estaba con sus padres y los chinos mafiosos encerrados.
Cabe destacar que no sólo los cronistas policiales mantuvieron el compromiso pactado, sino que éstos advirtieron de la situación a sus jefes y colegas de las redacciones. Todo el mundo cerró la boca. Algunos ni siquiera comentaron el caso con sus familiares.
El valor supremo era la vida de la secuestrada. Todo quedó subordinado a garantizar la seguridad de la menor y, a partir de su liberación, los cronistas recuperaron su libertad de acción para escribir sobre el caso como se les ocurriera.

¿Por qué no se hizo lo mismo en el caso de Candela, como de tantos otros? ¿Por qué fueron  ventilados datos, informes, a través de cierta prensa que, con el pretexto de aparecer original y superar a colegas con primicias grotescas, fueron funcionales a los delincuentes?
En el caso de Candela, dio mucho que hablar la simultaneidad de algunos allanamientos con la puesta en pantalla del “nuevo periodismo” practicado en programas “docentes” que se observan en la televisión porteña.
Estos “periodistas” les informaban a los secuestradores de Candela en qué momento se haría el allanamiento, en qué barrio y qué fuerzas actuarían.
Reiteremos la presunción: ¿qué grado de cómplice responsabilidad ostentan estos “periodistas”, sus jefes de Redacción, directores de medios e, incluso, empresarios de los canales, en la muerta de Candela?
Si se lograra un veredicto sobre la culpabilidad de esta conducta ¿cuál sería la sanción que correspondería aplicar?
Por el momento, es gratificante la condena colectiva registrada en gran parte de la sociedad.

Un medio informativo está organizado con una rígida estructura piramidal.
Una cosa es la libertad de expresión y otra la libertad de acción conjunta y acordada ante cada nota.
Ningún cronista actúa con absoluta libertad de criterio, sino que está sujeto a un determinado estilo del medio, donde se establecen las líneas y objetivos fundamentales del accionar informativo.
No sólo se analiza con el máximo de precisión cómo serán cubiertos los espacios, los tiempos de inversión y las fuentes informativas, sino que todos los integrantes del medio conforman un gran equipo que cumplen, en algunos casos,  las exigencias de una orquesta sinfónica, aunque sin ensayos y, en cambio, un gran dominio de la improvisación para atrapar valores y descartar residuos.

Si el mismo gobierno de un país trabajara en equipo, con el ritmo y calidad que caracteriza la edición de un diario, por ejemplo, otros serían los resultados que podría mostrar al cabo de una jornada de 10 ó 12 horas.
Las 40 ó 50 páginas de un diario, como la edición de un informativo de una hora por televisión, o de 5 minutos en radio, comienzan de 0, en blanco, y poco después salen al aire con notas, crónicas o simples gacetillas ocupando integramente cada espacio diagramado.
Sin embargo, el centenar de hombres y mujeres de un diario, tanto de la Redacción como del resto de la secciones, no sólo colocan millares de ejemplares en decenas de quioscos de todo el país, con un mínimo de errores, sino que lo han hecho en función de equipo.

Aunque no se conozca ni se intuya, un medio que se respete no sólo cuenta con un selecto número de cronistas y redactores, sino que exige la presencia dinámica, inteligente y responsable de un conjunto de capitanes, -director, secretarios, jefes-, sin cuya dirección es imposible generar un producto de tan difícil manejo como un medio gráfico o audiovisual.
De allí proviene el alto grado de organización que exige un medio, de cualquier envergadura, para salir al aire o exhibirse en la calle.

Al mismo tiempo, el público es entretenido con expresiones de divertimento colectivo, y  su carga fulgurante de luces, colores, con intérpretes de la más disímil variedad circense, donde campea el producto escatológico como la persecución callejera, con cámara en ristre, sobre una pareja que termina de salir de una vivienda.
Esta forma de “comunicación colectiva” intenta ser reconocida como una expresión más del periodismo de un lugar.
Inclusive sus actores suelen apelar al uso de términos de una redacción, donde le hacen una “nota” a una señora que inaugura un implante donde le termina la camisa de abrigo, o un reportaje a un bailarín supersónico para averiguar cuál es su record en número de vueltas por minuto.
En otros casos más dramáticos, el público trata de asimilar la razón de una pregunta del supuesto cronista a una madre a la que le terminan de asesinar un hijo, “cómo se siente, señora” o “qué le diría al criminal”.
En periodismo, como en otras actividades, nadie es nada si no existe el reconocimiento ajeno. El periodista sólo es periodista cuando la gente lo reconoce como tal. Sólo en esa circunstancia. No valen en esta actividad los títulos universitarios o las habilitaciones para ejercer el cargo.
Por estas razones, en el ámbito profesional de la prensa mundial, los protagonistas del divertimento farandulesco no son periodistas, como tampoco son periodistas los acusados de haber bastardeado el martirio y muerte de la pequeña Candela Sol Rodríguez.

 


 
 
 
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