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En un país que no se acostumbra a decir “no” y tiene el “sí” fácil |
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viernes, 25 de noviembre de 2011 |
Falta de respeto en un banco del Estado provincial
La escena es dentro de un banco Provincia de Buenos Aires.
Hay 3 cajeros para atender al público.
Dos para los clientes, uno para los no clientes.
De pronto sólo queda habilitado el cajero de los no clientes, porque los dos de clientes no cuentan con personal.
Se arma una sola fila.
Comienza la confusión.
Los que están en la fila no saben qué ocurre.
Nadie protesta. Nadie pregunta qué está pasando.
El silencio es total. Como si la fila ocurriera en la Alemania nazi y manifestar malestar fuera causa suficiente para ir al quemadero.
Un policía –no un empleado del banco-,
asume la función de orientador. No explica nada, sólo indica qué deben
hacer los que llegan. Cuando alguien se coloca en la fila habitual de
los clientes, el agente de policía lo rectifica “señor hay una sola
fila”. Y allí va el cliente a la fila de todos. No es una orden, pero la
indicación viene de una autoridad policial, no de personal del banco.
Y los recién llegados, disciplinados, calladitos, sumisos, como niños
del jardín de infantes, se colocan obedientes en la fila general, que
llega ya a la puerta de entrada.
Uno de ellos pide hablar con la autoridad del banco, pero una empleada
lo cruza con una pregunta inoportuna y una respuesta intrascendente “hay
una sola caja”. No explica por qué hay una sola caja. Tampoco hay un
cartel, aunque sea manuscrito, que informe a los visitantes qué está
ocurriendo, por qué ellos deben soportar este manejo humano del tiempo
ajeno.
A pesar de la graciosa obviedad de la empleada, se observa el paso de
autoridades del banco. Ninguno explica nada, el tiempo transcurre con el
sopor del maltratamiento inmaduro e irrespetuoso.
Los que están en la fila común, uniforme, colectiva, continúan en
silencio. Algunos, tal vez, ya no podrán llegar a otro lugar porque la
“organización” del banco Provincia se ha encargado de hacerle cambiar de
planes, cuando el interesado podría ser atendido no por uno sino por
dos de los cajeros que faltan.
No se trataba de un paro gremial, como ocurrió días atrás donde carteles
estratégicos se encargaban de informar y cada uno sabía cómo resolver
la imprevisión.
Cuarenta minutos o cincuenta minutos después, porque la puerta cerró
exactamente a las 15, el hecho se convirtió en leyenda y pasó a engrosar
las malas y aburridas faltas de respeto que cometen pequeños
dictadores, ejercitantes de la improvisación y la incompetencia y,
también, gente grande y con estudio, como ocurrió minutos atrás en este
banco de la provincia de Buenos Aires.
Después de todo, fue una simple falta de respeto.
Sólo eso. Nada más.
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