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Los peones del campo pueden mejorar sus entradas si los terratenientes aplican el Art. 14 bis PDF Imprimir E-Mail
jueves, 27 de marzo de 2008
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  “La Nación” de hoy publica una interesante información sobre los sueldos promedio ganados por los hombres y mujeres de las distintas actividades laborales.
Si bien los promedios, estadísticas y comparaciones en estos casos globales son meras aproximaciones, muy discutibles en el terreno de las realidades individuales, bien sirven para un comentario que no se agotará mientras exista un productor y un auxiliar que le de una mano.
Cabe destacar que "los peones del campo y docentes", dice "La Nación", son los que menos ganan en el país. Dicho en otros términos, los terratenientes son los empresarios que menos pagan a sus trabajadores en el país, una revelación altamente contradictoria con los mensajes morales y derechos invocados en rutas del interior mientras se negó, de manera violenta,  a millares de ciudadanos su derecho constitucional al libre tránsito y que costó ya la vida de dos personas. 
Por ejemplo, ¿cuántos millones o millares de dólares ganan los reyes de la soja en la Argentina, así como los medianos y pequeños productores? ¿Cuántas ganan los peones que trabajan para generar las enormes ganancias de sus patrones?
Ahí lo dice “La Nación”: los peones ganan 1.450 mensuales, luego de haber logrado un aumento reciente del 21,4%. Es decir, hace unos días venían de cobrar unos $ 1.200. Magra compensación por su valiosa ayuda a los terrateniente,  aunque los peones y puesteros están autorizados a tener una quintita y criar unas gallinas, como suelen argumentar los patrones para justificar la “felicidad” de sus auxiliares.

Antes de proseguir, aunque parezca lo contrario, en este comentario no hay sorna, ironía ni término despectivo alguno hacia los reyes, príncipes, condes y duques de la soja, del maíz, la ganadería, el alquiler o la venta de campos. Cuanto más dinero ganen mejor para todos.
Un momento,  ¿mejor para todos?
No. Cualquiera que se atreva, y se atreven, a afirmar esta falacia está recibiendo ya diploma de falso, mentiroso, manipulador y ser despreciable.
La cosa no es mejor para la gente que coopera con los “landlords”, algunos con más tierras otros con menos, pero dueños de su tierra, aunque sea escasa. La sola venta de esta tierra escasa, o su alquiler, posiciona al propietario un centenar de veces por arriba de cualesquiera de sus peones.
El reciente conflicto de la gente del campo con el gobierno de Cristina Fernández es un conflicto más. No es intención de este comentario referirse a este tema.
En cambio, el sueldo de la gente que trabaja para los propietarios de la tierra no es un conflicto más. Por el contrario, es una vieja y enfermiza actitud de trato despótico a peones, maquinistas, puesteros y hombres de a caballo que el propietario ejerce sin que ningún legislador haya contrarrestado jamás con una de las previsiones de la Constitución Nacional, como es el Art. 14 bis en uno de sus párrafos.

Este es el punto.
La diferencia actual entre los propietarios y el Gobierno puede cerrar en los próximos días y aquí no pasó nada. A trabajar, preparar la tierra, sembrar, cosechar, exportar y volver a reforzar los millares o millones de dólares que hay en numerosas cuentas bancarias de los propietarios de la tierra.
El sueldo actual del peón es lo que se debe solucionar. Más allá del salario miserable de convenio, hay que solucionar su calidad de vida con otra merecida retribución: la distribución equitativa de las ganancias, de la cual hablan muchos legisladores, Iglesia y defensores de los derechos humanos, pero que hasta el momento no han hecho nada concreto.
Todas las fórmulas retributivas del esfuerzo del peón de campo, desde Rosas, luego Perón y los recientes gobiernos, han fracasado estruendosamente, porque la familia del peón no ha podido escapar de su condición de esclavo constitucional.
Entre Espartaco, como esclavo romano, y el peón de campo actual no existe diferencia alguna en el momento de evaluar el grado de sometimiento al poder. Ambos tuvieron y tienen amos, no patrones, no contratistas, no empleadores, no receptores de esfuerzos humanos que posibilitan la explotación de un negocio. Un negocio que debe ser rentable, fructificar, dar múltiples satisfacciones, pero a todas las fracciones y de manera equitativa, nunca a una de ellas en exclusividad. Un negocio de todos implica dejar de ser esclavo, por una parte, y no ser esclavista por la otra.
Si los Espartacos actuales –estamos delirando-, se liberaran del yugo esclavista a que están sometidos actualmente, las máquinas agropecuarias no funcionarían. Es cierto, se necesitan muy pocos peones, expertos, técnicos, para sembrar, cosechar y exportar. Pero sin estos pocos no hay millones de dólares de utilidad global, a no ser que el Gobierno les permita a los productores ingresar mercenarios extranjeros.

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Previsión constitucional para mejorar la calidad de vida. Sólo hace falta iniciar el debate en el Congreso
Se habla mucho en estos días de la imperiosa necesidad de deliberar, conversar, entrar en negociaciones donde nadie pierda y todos ganen. Es un buen principio y debe ser logrado sin la tozudez del Estado ni la ambición desmedida de los terratenientes.
¿Por qué no agregar a la mesa de deliberaciones la aplicación del Art. 14 bis de la Constitución donde prescribe la “participación en las ganancias de las empresas, con control de la producción y colaboración en la dirección”?
¿Por qué no analizar la letra y el espíritu de esta previsión en la Constitución Nacional?
No proponemos este debate desde la ingenuidad. En Brasil y otros países existen convenios por los cuales el peón de campo, de la ciudad, de la costa y la montaña, recibe una suma interesante mensual y anual por ser acreedor de parte de la riqueza que genera. Ingenieros del Inta hicieron comentarios sobre el tema a este cronista en la última Expoagro de Pergamino. Ahí hay una fuente de consulta, valiosa consulta.
Uno de los reyes de la soja, en un comentario radial de hoy, muy rico en definiciones sobre “mejorar la calidad de vida”, con un grado superlativo de persuasión, se refirió a cómo solucionar el conflicto entre las partes, y habló de los intereses del Gobierno y los productores, pero no se refirió al derecho de los auxiliares –peones, expertos, maquinistas, ingenieros, contadores, etc.-,  a mejorar sus entradas mensuales, no sólo a través de mejores remuneraciones, sino de una justa entrega porcentual de las ganancias patronales. Es probable que, llegado el momento, este hombre esté de acuerdo en este reconocimiento constitucional, ya que en nada mellará sus entradas una cesión del 1, 2, 5 u 8% para que sus auxiliares mejoren su calidad de vida.
Es probable que se nieguen a rajatabla. Mientras en el Congreso Nacional alguien no abra la puerta al debate del Art. 14 bis, con todas sus complejidades, jamás en la Argentina se podrá mejorar la calidad de vida de unos 30 millones de auxiliares y sus familias.

Se ilustra de vez en cuando, y podríamos traer aquí una voluminosa carga de recortes, que un 15/20% de la población recibe la mitad de la torta, mientras el 80/85% restante -trabajadores, expertos, técnicos, profesionales, docentes, investigadores, etc.-, todos auxiliares imprescindibles de la industria, el comercio, el agro y la minería, dispone de la otra mitad pero repartida entre más de 30.000.000 de pobladores. No participan de partes sino de migajas, algunas atomizadas a la mínima expresión.
Dicen las estadísticas que en este país –que en 2007 exportó 20.000 millones de dólares sólo en alimentos-, entre estos 30 millones de pobres hay varios millones de indigentes, es decir, no comen lo mínimo para subsistir y por ello adquieren el riesgo de perder la vida.
Es decir, comen menos que un perro, hogareño, faldero o atorrante.
No se conoce cuántos perros mueren de hambre, lo que es una bestialidad si ocurre, pero sí se sabe que cada 24 horas se mueren uno 25 chicos en la Argentina por hambre y falta de atención médica. Si los médicos dicen que el 75/80% de estas muertes son evitables, una mejor distribución de las ganancias es una excelente herramienta para impedir 20 muertes de chicos por día, algo así como 720 chicos por año.

Teódulo Domínguez
Ex La Nación, Clarín, The San Diego Union, California  
 
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