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¿Cuál es la diferencia entre los piqueteros Castells o D´Elía y los piqueteros ruralistas? PDF Imprimir E-Mail
domingo, 30 de marzo de 2008
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Comentario de "La Nación" en su edición de ayer
Cuando leí el título que apareció ayer al costado derecho de “La Nación”, no pude evitar el impacto que me generó la muerte de un hombre por efecto de los piquetes ruralistas, como tampoco pude aliviar mi indignación de 16 días en cuanto a ver vulnerado el derecho del ciudadano de este país a circular por una camino sin que nadie se atreva a impedirlo.
Me pregunté, entonces, ¿qué diferencia hay entre Moyano piquetero, D´Elía piquetero, Castells piquetero y los ruralistas piqueteros?
Ninguna.
Los efectos no se miden por el color de la causa, el título de la causa, el dinero de la causa y cualquier otro signo distintivo de la causa. El efecto en estos casos de piqueteros, es uno e inconfundible: la tiranía de pequeños grupos contra el resto de la población; la prepotencia de los armados contra los prudentes; la guapeada cobarde de la bruta fuerza con palos, camiones, tractores, cosechadoras, o la quema de neumáticos.
Quien usa las herramientas de su protesta en contra de inocentes, debería recibir como reacción idéntica respuesta. En el caso de los ruralistas, sus peones tienen más derechos que ellos a impedirles el paso en las calles de tierra o la ruta, porque los peones –lo dijo “La Nación” hace unos días-, son los trabajadores que menos ganan en el país.


Me pregunto ¿qué harían los valientes, corajudos y demócratas defensores del derecho agropecuario si sus peones hacen lo mismo en los próximos días? ¿Qué dirían de los peones piqueteros si les cortan el paso en cada pueblo, les taponan las tranqueras, no los dejan entrar ni salir de sus campos, porque exigen que les aumenten sus salarios?
Todos los piqueteros, ciudadanos y agropecuarios, hacen e hicieron lo mismo: chantajear, extorsionar, apretar, verduguear, torturar, violentar el cuerpo, el espíritu y la mente de inocentes. Todos usan y usaron la fuerza bruta, dictatorial, despótica y criminal, al impedir al hombre y mujer de esta república el paso, el libre paso que le garantizan la Constitución y todas las leyes que hacen a una democracia.
Usan y usaron el derecho de las bestias, no el derecho de los hombres libres y respetuosos del derecho ajeno.
Así como alguna vez sufrí con dolorosa impotencia el contenido deseo de usar cualquier herramienta para pelearle la calle a los delincuentes que impedían mi paso y el de mi mujer, otra vez volví a sentir que otra gente, con otra actividad, con otra cultura, con otro dinero, otra vez me impedía el paso con el sólo argumento de la fuerza animal e irracional, de la fuerza primitiva y cavernícola organizada por ricos y no tan pobres en contra del derecho público.
Los ruralistas han mostrado que son tan bestias como los Moyano, los D´Elía, los Castells y tantos otros que ejercen el atropello, la arbitrariedad, la dictadura de la fuerza, la prepotencia cobarde, la amenaza criminal, contra débiles conductores y pasajeros que tuvieron la prudencia y sabiduría de no responder con la fuerza de la razón a la fuerza de la violencia.  
Decir como dice “La Nación” de ayer en el título referido “La protesta costó $ 2350 millones” y reducir todo a la miserable y detallada explicación de dólares que han dejado de ganarse, es un bruto insulto,  tan grave como el agravio de cada uno de los piqueteros a millares de sus víctimas durante 16 días de sufrimiento gratuito.
El redactor Martín Kanenguiser, de la redacción de este diario, tuvo la complicidad de sus jefes y colegas correctores, al difundir la enormidad de su insulto a la comunidad victimizada.
No se perdieron solamente $ 2350 millones.
Se perdió la dignidad, el respeto, el reconocimiento al derecho natural del prójimo.
Se perdió la oportunidad de exhibir otros recursos, más dignos e inteligentes, para solucionar un justo reclamo sin agredir cobardemente al otro, al inocente, al vecino, al hombre y la mujer libres de este país.
Se perdió la profusamente proclamada caridad cristiana y ganó la manifiesta hipocresía cristiana, la burla, el recurrente desprecio de una clase hacia la otra, la falsedad de los conceptos del derecho de gentes y democracia.
Se perdió la proverbial decencia del hombre de campo y su hermoso concepto de “gauchada” cuyos flecos han quedado colgados de los alambres.
Se perdió el habitual ejemplo a los hijos, no con palabras sino con actitudes, y ahora estos chicos saben que cuando no consigan lo que quieran pueden salir al camino alegremente y prohibirle el paso a quienes se les antojen.   
Se perdió la magnífica oportunidad de no ser igual a las bestias piqueteras del Gobierno, auspiciadas y respaldadas como fuerzas de choque en contra de la libertad y la dignidad de cada habitante. Ahora se sabe que el campo tiene también sus fuerzas de choque en contra del resto de la sociedad.
 
¿Cuál es la diferencia entre un piquetero de la ciudad y otro piquetero del campo? Lo que es vituperable en Buenos Aires ¿es lícito en el interior del país si lo hacen los ruralistas?
¿Alguien se atreve a mostrar la diferencia sin desconocer el viejo adagio de que el derecho de uno termina donde comienza el derecho del otro?
Colega Martín: se perdió una vida.
Según el mismo diario –que ahora olvida mencionar esta vida en el comentario de su redactor-, un hombre falleció porque piqueteros ruralistas, con la bruta fuerza de las bestias, le impidieron el paso a un hombre llevado a un hospital y murió por falta de asistencia médica a tiempo.
No es una muerte por paro cardiorrespiratorio, como suele decir el certificado de defunción. Es homicidio. A este hombre lo mataron, lo asesinaron los piqueteros del campo que le impidieron su derecho a ser asistido por un médico.
También se habla de un chico muerto en idénticas circunstancias, pero el diario no abunda en detalles para ratificar este caso y, de ser real, entregar a nosotros, sus lectores, la versión detallada de este otro homicidio.
No quiero pensar que para “La Nación” hay muertes y muertes. Tampoco quiero pensar, aunque la lectura diaria de la protesta agraria me está desmintiendo, que hay piqueteros y piqueteros.
Si hay que defender la libertad de expresión, la única forma respetuosa y valedera es no discriminar entre abusos y muertes causadas por delincuentes y abusos y muertes causadas por terratenientes, como tampoco entre piqueteros de izquierda y piqueteros de derecha.  
Me inclino por defender la libertad de expresión, no sólo la de prensa, con todos los riesgos que implica, entre ellos, cuestionar a mis colegas cuando desconocen el derecho de los demás a estar informados sin autocensuras.
No es periodismo, colegas, es partidismo.

Teódulo Domínguez
Ex La Nación, Clarín, The San Diego Union, California
 
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