Inicio arrow Historias pueblerinas arrow La comida no se tira, imbéciles
La comida no se tira, imbéciles PDF Imprimir E-Mail
lunes, 31 de marzo de 2008
Image
toneladas de naranjas fueron llevadas a la ruta para tirarlas al costado de la ruta
Todos los medios están difundiendo hoy, como lo hicieron en días anteriores, una noticia que debe de estar dando vuelta al mundo del hambre: en la Argentina se están tirando al suelo, a la bruta tierra,  millares de hectolitros de leche y decenas de toneladas de otros alimentos.
Una foto muestra como se arroja a la vera de un camino el contenido de un camión y acoplado con naranjas.
Fue en Gualeguaychú pero se repite hasta el cansancio en varias provincias, con alimentos que no pasan el bloqueo de los ruralistas y con alimentos que se pudren por que no superan el bloqueo del campo.
Son alimentos en tránsito, son alimentos en elaboración, son alimentos de generación indetenible. Los que tiran alimentos sanos y en descomposición son, algunos,  transportistas, otros son productores.
A propósito u obligados, el país asiste a la instrumentación de un sitio militar con todas las intenciones de hacer rendir una plaza por hambre. Esta es la sensación y experiencia que vive el país en estos momentos.

Image
Editorial de "La Nación" sobre el hambre y sus consecuencias. Es el diario preferido de la gente del campo
Este sitio sui generis es una forma velada de inicio de guerra civil.
El sitio a una ciudad está en “La Ilíada” con Troya bloqueada; está en cien páginas de Plutarco de sitios impuestos por lacedemonios, tebanos, griegos, romanos y galos; está en decenas de aldeas en la guerra civil española con un millón de muertos; está en la historia de todas las guerras humanas con el único objetivo de rendir por hambre a los sitiados.
Los que hicieron y están haciendo este sitio y arrojan o obligan a arrojar alimentos a la tierra y el polvo, los que practican esta perversidad contra millones de personas que defienden el principio de “la comida no se tira”, este hecho terrible condenado por el orbe, no son analfabetos, no son delincuentes, no están afectados de emoción violenta ni desconocen sus actos, no son borrachos en una noche de orgía.
Image
Enrique Pinti, ácido comentarista de "La Nación" aborda la relación dinero-alimentación-Estado-hambre-desnutrición-muerte infantil
Es gente de derecho, son universitarios,  abogados, tal vez jueces, tal vez legisladores, tal vez fiscales, médicos, arquitectos, ingenieros agropecuarios.
Son propietarios de tierras de alto valor en dólares, vehículos, máquinas agrícolas, hacedores de multimillonarias riquezas agropecuarias del país, pequeños, medianos, encumbrados clientes de entidades bancarias. La mayoría tiene hijos en colegios de alto costo, en  universidades, muchos viajan por el mundo con el dinero ganado en sus tareas, la gran mayoría se dice seguidor de los principio del Cristo llamado Jesús, y todos aparecen en las grandes fiestas del agro con sus atuendos de estancieros y productores, en sus 4x4, acompañados de sus mujeres y prole mientras festejan encuentros felices con parientes y amigos.
Los que están protagonizando esta crisis, este conflicto de intereses y poderes, sin embargo, no se comportan de acuerdo con el título que ostentan.
Como dijo alguna vez un profesor, “pareciera que ellos pasaron por la Universidad, pero no la Universidad por ellos”.

Image
Fuerte denuncia de una ONG, dice el diario, sobre el hambre en 4000 escuelas rurales del país, todas vecinas de los piqueteros ruralistas , que si bien no son responsables del grave problema, tampoco se conoce que hagan mucho por aliviar la tragedia de sus pequeños congéneres
Enrique Pinti, humorista, actor, ácido crítico en las tablas y en páginas de la revista de "La Nación" se preguntó: "¿Habrá algo más urgente que atender de una buena y santa vez a los desnutridos, inadmisibles en un país como el nuestro?" ¿No merece esta reflexión un segundo de otra reflexión días antes de saber que, tal vez necesariamente, tirarán comidas al costado del camino o en las zanjas de los tambos? 

El sólo hecho de negar por medio de la fuerza bruta el libre tránsito de un ciudadano, no importa qué argumentos se esgrima,  es prueba suficiente de traición a códigos y principios morales y profesionales;  simulan ser hombres de derecho y universitarios. 
La sola evidencia de que no les importa los daños que causan a inocentes sus actuales acciones para imponer de prepo sus razones, es señal suficiente para negarles respeto y considerar que no son enemigos externos, fuerzas de ocupación extranjera, sino fuerzas de choque internas que no guardan el mínimo respeto a nadie, sano o enfermo, pobre o rico, hombre o mujer, niño o anciano. 

 
Nadie, hasta ahora, podría censurarles el título de gente normal, para otros buena gente, porque la gente de campo ha gozado en este país de merecida simpatía generalizada, aunque se entremezclen peones y estancieros.
El generoso campo argentino es una de las reservas alimentarias más importantes del mundo, ha generado mucho dinero y poder, y debe ser defendido como un alto valor republicano, más allá de circunstancias pasajeras como las que se están experimentando.
Si el campo gana dinero, se supone, todos ganan con el campo, aunque esta aserción no es tan así cuando se apunta que millones de dólares improductivos se depositan en el exterior y los peones son los trabajadores de peores salarios en el país. ¿Qué defienden? Su dinero. Es justo. ¿A qué precio? Al precio de superar en los hechos a todos los piqueteros del Gobierno y desnudar en 20 días las falacias de toda una vida.
 
Image
Jamás el país exportó tanto alimento para extranjeros, mientras cada día se mueren en el país más de 25 chicos por hambre
De pronto las circunstancias han expuesto a una prueba de fuego  a los miembros de las cuatro grandes agrupaciones del campo: defender sus derechos –que son tan válidos y meritorios como los de cualquiera que ejerza una actividad legal y lícita en el país- y hacerlos con las clásicas herramientas que utilizan los hombres y mujeres de bien, es decir, sin dañar a sus vecinos, sin afectar a su prójimo, sin atentar contra el derecho de los demás.
No ocurrió así, muy lamentablemente. Como comentamos en otra nota, no han tenido peor ocurrencia que imitar a los piqueteros y fuerzas de choque que aparecieron en las calles de Buenos Aires, alentados y permitidos por el ex presidente Kirchner y la Presidenta. Preguntamos en esa nota ¿cuál es la diferencia entre el piquetero D´Elía y los piqueteros ruralistas? Ninguna, en cuanto a pretextos falaces y uso de la fuerza bruta en la negación del derecho ajeno.

Ahora los medios muestran camiones que tiran alimentos en la vía pública, en empresas, en piletones tamberos, una mísera y  condenable actitud que sólo conocerla y quedarse callado, significa asumir la más deleznable de las complicidades.

Me hubiera gustado no ocuparme de un tema tan bajo y cruel, tan de bestia y desalmado. En realidad mi ingenuidad me garantizó que tales revelaciones no podían provenir nunca de gente honorable e inteligente.
Recuerdo que en mi casa, como en la de millones de hogares, la comida era y es sagrada. No sólo no se tiraba ni se tira, sino que se guardaba cuando quedaba en la fuente y el plato valiosa comida porque los chicos solían balbucear “no tengo más hambre”. Mi mujer y yo le decíamos a nuestros cuatro hijos “esto queda para la noche” y en la noche la primera comida servida era la que había quedado al mediodía, bien aprovechada por mi esposa en otros platos. Siempre la razón más importante fue esa suerte de adhesión a gente desconocía que no “tiene para comer”.
Hoy ese malestar continúa apretándonos, especialmente en este país donde se termina de exportar –como dice el título de un diario-, 30.000 millones de dólares en alimentos, mientras la Unicef ratifica que unos 25 chicos mueren desnutridos y debido a patologías asociadas con el hambre.

A la irresponsabilidad de bloquear el camino a conductores y pasajeros, alguna gente del campo termina de agregar el criminal acto de tirar alimentos, mientras más de 3 millones de personas viven en la más terrible de las indigencias.
No sólo han exhibido estos energúmenos criminales su  patoterismo desesperado como arma publicitaria para torcer brazos inexistentes, sino que muestran la peor de las ignorancias al desconocer caminos y recursos para canalizar estos alimentos hacia puertos accesibles que envían ayudas a bocas hambrientas en todo el país.
Algunas de estas bocas hambrientas están muy cerca de los piqueteros ruralistas y de los que arrojan toneladas de alimentos al suelo, en Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos, cuyos gobernadores y legisladores son los grandes creadores de este gravísimo estado de hambre.
No es lo mismo mostrar una foto con leche derramada en la tranquera de una granja o naranjas en Gualeguaychú, que invitar a llevarse estos alimentos a focos de hambre o, incluso, transportarlos en camiones ociosos que taponan rutas. 

Image
Los chicos no deben comer en comederos, de escuelas o entidades,; deben comer con sus padres en la misma mesa. Los transportistas y ruralistas que tiran la comida en la bruta tierra podían haber entregado el alimento a estos bancos que manejan ONG
  Uno de los recortes escaneados en esta nota dice “Crece la tarea de los bancos de alimentos”. Son entidades que ofician de nexo entre quienes donan alimentos y quienes necesitan comer. La sola existencia de un comedor comunitario, dentro de la escuela o fuera de ella, es prueba suficiente de la incapacidad del Gobierno actual y anteriores para crear trabajo digno, restituir los chicos al hogar tradicional y hacer que los chicos coman con sus padres en la misma mesa. Pero este es otro tema. 
¿No hay siquiera entre tantos millonarios ilustres del campo argentino, nativos y extranjeros,  uno sólo al que se le prenda la vela e impida esta demostración de barbarie cavernícola, la de arrojar a la vía pública toneladas y hectolitros de alimentos?
¿No hay entre los productores de medio pelo, uno sólo que se indigne ante esta obscenidad de la riqueza y grite “esto no, por favor esto no”?
¿No hay uno sólo de los pequeños chacareros, que además de padecer las mil penurias porque a veces ellos mismos no tienen para comer, se ofrezca para derivar el sobrante, lo que ya se sabe se pudrirá en horas más, y las entregue al mismo gobierno torpe e inútil que los combate para ser llevados, en silencio, a las decenas de bolsones de indigencia que hay en el país, tal vez algunos allí cerca suyo?

Sería alentador no quedarse sólo en este comentario y que de inmediato se alzara en la república una sola voz colectiva que gritara “la comida no se tira”.
Que no se pida como un favor, como una apelación, como una persuasión amigable a los depredadores del campo que están haciendo esta alevosa ignominia del alimento exterminado.
Que se exprese de manera imperativa, con el puño en alto y en defensa de valores jamás discutidos: “la comida no se tira”.
Sería fabuloso que esta frase apareciera en millares de cartelones, en todas las plazas, en todas las calles, en todos los medios del país, en sus títulos de tapa, en sus editoriales, en las pantallas de tv y pronunciadas en los espacios radiales, de manera enérgica e indubitable, expresada con genuina indignación, con mucha bronca, mucha rabia, con exigencia extrema al borde de la réplica física y sin concesiones a nadie:
“La comida no se tira, imbéciles”.

Teódulo Domínguez
Ex La Nación, Clarín, The San Diego Union, California
 
< Anterior   Siguiente >

Encuestas

Formulario de acceso






¿Recuperar clave?
¿Quiere registrarse? Regístrese aquí

¿Quién está en línea?

Estadísticas

Visitantes: 11204


© 2008 Periodismo Teódulo Domínguez
Joomla! es Software Libre distribuido bajo licencia GNU/GPL.
Template Design vfwww.at

 

 

Nasonex