Hace unos días Jorge Lanata recordó, a raíz de un desencuentro protagonizada entre la Presidenta de la Nación y un periodista de la sala de la Casa Rosada, otro episodio muy ríspido ocurrido 34 años atrás durante la primera conferencia de prensa ofrecida por Perón en la quinta de Olivos, en su tercera gestión presidencial.
Yo estaba en el grupo de periodistas invitados por Ceremonial, para asistir a esta primera conferencia de prensa de Perón. Como ocurría en esos momentos, los episodios de tensión, de violencia, de enfrentamientos entre grupos beligerantes de izquierda y de derecha dentro mismo del peronismo, era cosa de todos los días. A los periodistas no nos faltaba material informativo. Por el contrario sabíamos que cada día podía haber un nuevo enfrentamiento, otras muertes, dentro y fuera del peronismo.
Junto con un equipo de excelentes colegas de “La Nación” yo estaba acreditado por el diario en la sala de periodistas de la Casa Rosada. Es en este campo cuando se produce la separación definitiva entre la juventud y Perón. Pero aquí hay dos versiones que todavía hoy no se terminan de aclarar. Yo dije en “La Nación” que fue la juventud en la Plaza de Mayo la que tomó la iniciativa, se adelantó a Perón, le dio la espalda y abandonó el lugar, pasó frente a la Catedral y se desconcentró por Diagonal Norte. La otra versión que manejan periodistas e historiadores señala que Perón echó a la juventud de la plaza de Mayo. Mi testimonio se apoya en una visión rápida y cierta percibida paso a paso, segundo a segundo dentro mismo de Plaza de Mayo y teniendo como protagonistas fundamentales a Perón y la juventud en el ala norte del paseo. A diferencia de la mayor parte de mis colegas, no manejé la información desde los balcones de la Casa de Gobierno o de la terraza, como se acostumbraba. Salí de la Casa de Gobierno, pasé frente al Banco Hipotecario, entre de lleno a la plaza y desde la pirámide de Mayo esperé que los acontecimientos se desarrollaran. No tenía la mínima versión de qué ocurriría. Sólo me manejaba con rumores y versiones. Todas valían muy poco. La plaza estaba prácticamente llena con peronistas y dirigentes duros de la CGT, estrechamente vinculados con Perón y enemigos declarados de la juventud peronista, cuando apareció la columna de la juventud. Avanzaba desde el área de Corrientes, por la Diagonal Norte, sin leyendas porque estaba prohibido. En cambio traían estandartes neutros, los desarmaron al entrar a la plaza, rescataron tres palos fuertes y cortos de cada armazón, se los repartieron entre ellos, de pronto avanzaron a los palazos, especialmente contra los dirigentes de la CGT a lo largo de la Catedral y Banco Nación, los fueron corriendo hasta una empalizada que protegía el frente de la Casa Rosada y los obligaron por último a refugiarse en la faja sur donde está del Banco Hipotecario. La columna de la juventud, sin dejar de presionar, llegó hasta la empalizada y allí gritaba “qué pasa general que está lleno de gorilas el gobierno popular”. La tensión era muy fuerte e imprecisa. Se sentía en cada milímetro de la plaza que algo iba a ocurrir, pero no se sabía qué. Todos esperaban que Perón apareciera en el balcón. Cuando apareció la gritería fue mundial y dispar. Se mezclaron los vítores con las censuras, donde aquellas eran una gran mayoría. No recuerdo bien si Perón había comenzado recién a pronunciar su encendido discurso, muy enojado, pero sí recuerdo que quedé paralizado cuando ví que la juventud, obediente a una orden preestablecida y como si se tratara de un incondicional regimiento de infantería, dio media vuelta en masa, quedó de espaldas a Perón y de inmediato comenzó la retirada de la Plaza de Mayo. Fue impresionante observar que ese rectángulo de vacío en cada segundo se hacía más largo sin que nadie se atreviera en los primeros instantes a llenar lo desocupado. En minutos no quedó nadie en 200 metros de largo y unos 50 de ancho, paralelo a la Catedral. Un rato después el hueco de una cuarta parte de la plaza, fue ocupado por otro público, el de Perón. Fue a poco de iniciada la retirada que Perón pronunció aquella famosa frase de terminante reprobación a la juventud, la que dio base para decir, hasta hoy, que Perón echó a la juventud de la plaza. Los periodistas, también consternados con lo que había ocurrido, y que no estaba en el conocimiento ni los cálculos de nadie, comenzaron a divulgar sus versiones, entremezclados los tiempos y los episodios. La verdad hay que buscarla en un solo lugar: la versión filmada de ese momento y la banda de sonido. Creo que nunca se hizo esta comprobación. Días después fue la reunión de prensa en la quinta de Olivos entre Perón y los cronistas. Allí ocurrió otro de los hechos más nerviosos que vivimos periodistas, funcionarios y otros testigos. No tengo idea en qué parte de la quinta presidencial se desarrolló el encuentro. Perón apareció en la sala, mal iluminada y no muy espaciosa. Se mostró muy sonriente y amable con la prensa. Saludó a unos y otros, con mucho dominio del escenario. Se lo veía bien físicamente, dentro de su edad avanzada y sus experiencias partidistas donde debía, a cada instante, salir al cruce de un encontronazo distinto. Sin embargo, todo se veía con apariencia normal y dentro de los tironeos, nadie podía decir que a Perón se le escapaba el poder de las manos. Luego que dos o tres colegas hicieron sus preguntas, yo hice la primera de las que había programado. En este punto la memoria no me es tan fiel, porque no recuerdo si respeté el orden de mis proyectados interrogantes o convertí a uno de ellos en primera necesidad y lo pasé a primer lugar Nunca tuve oportunidad de leer, años después, la primera página de “La Nación” donde está la versión de lo que redacté. Tampoco guardé el diario ni copia de este original, escrito en una vieja máquina Olivetti. Alguien debería consultar el archivo del diario y hacer la verificación por mí, porque mi salida de “La Nación” fue traumática: al considerarme agraviado por dos jefes, le hice juicio a “La Nación” por daño moral, se lo gané en primera y segunda instancia y a partir de allí me prohibieron la entrada al edificio. Retomo. Elegí uno de los tres interrogante que llevaba escrito y creo que le pregunté a Perón: “Señor presidente, en la plaza de Mayo hubo dos momentos, dos episodios y dos versiones y deseo preguntarle si la juventud peronista dio media vuelta y abandonó el lugar o se fueron de la plaza porque usted los echó”. No recuerdo con precisión que respondió Perón. Sé que puso duro el gesto y fue breve. Se enojó pero en segundos volvió a recomponer la sonrisa en su rostro. Respondió, no eludió la pregunta, la resolvió. Años después me sorprende alguna gente cuando me comenta “qué pregunta que le hizo usted a Perón”, pero tampoco consigo precisar la pregunta y la respuesta exactas. Creo que hice la pregunta por un tecnicismo natural e ineludible en defensa de la veracidad. Son esas preguntas que no pueden dejar de hacerse, no importa si el interlocutor se enoja o no. Aquí entra Lanata y creo que es cierto lo que afirma. Lanata dice que una periodista del diario El Mundo, llamada Ana Guzzeti, hizo enojar a Perón en esa reunión de prensa de una forma que nunca se lo había visto. La pregunta de la mujer fue larga, complicada, con mucha carga partidista, nada periodístico, y Perón tuvo un repentino ataque de ira que no disimuló. Puso en duda la condición de periodista de la mujer y dio orden de que la detuviran. Yo también, creo que esta mujer no era periodista sino de la juventud peronista entremezclada con la gente de prensa. Pero nunca lo confirmé ni me interesó el tema. Ahora me entero, por Jorge Lanata, que la mujer fue detenida y torturada. Es muy probable porque la "contra" aunque fuera peronista no contaba con derechos ni garantías. Poco después volvimos a reunirnos con Perón. Esta vez fue en la sala de periodistas de la Casa de Gobierno. Siempre fue costumbre que una de las visitas diplomáticas del nuevo presidente de la República, estaba reservada a la sala de periodistas, donde siempre convivieron con altura y respeto, gente de todas las inclinaciones partidistas e ideológicas. Yo era presidente del Círculo de Periodistas y como dueño de casa me correspondía recibir a la visita en la sala. Perón se presentó, como siempre, muy sonriente, muy seguro de sí mismo. Saludó a cada integrante de la sala con un apretón de manos. Trató con calidez a cada uno de los hombres y mujeres de la sala, sabiendo que todos proveníamos de distintos medios, algunos tradicionales, otros más nuevos, cada uno con su forma de tratar la noticia, y muchas veces no del gusto del mismo Perón. Curiosamente, Perón se sentó en una de la sillas que correspondía a “La Nación” y respondió todo lo que se preguntó, nada trascendente. Fue un rato significativo como encuentro periodístico entre un jefe de Estado y cronistas destacados en el palacio presidencial. Cuando recuerdo el trato de Perón con las mujeres y hombres de prensa de la sala, y el manoseo, el error, la mezquindad, la torpeza del ex presidente Kirchner y la actual presidenta Cristina Fernández, me asombra la diferencia de diplomacia del fundador del peronismo y los dos mandatarios actuales que, en el mejor de los casos, son sus alumnos más lejanos y frustrados, en esto de tratar con la prensa. No hablo de gobernar bien, regular o de manera deficiente a este país y su gente. Hablo de educación, de hidalguía, de solidaridad, de talento, de grandeza, y en el acto trascendente del manejo de las cualidades de una sociedad valiosa como la nuestra, de una tierra riquísima como la argentina. Alguna vez, en uno de los aniversarios del círculo y frente a funcionarios del ex presidente Kirchner, le envié una invitación a recomponer las líneas diplomáticas entre Presidencia y Círculo, como instituciones. Kirchner no respondió nunca. Hoy su esposa y jefa del Estado continúa en la misma tesitura, reiterada cada día, agravada, con la ceguera propia de aquellos que les es negado la visión del futuro. Creo que no habrá reencuentro de la Presidenta y el país, hasta que la señora Cristina Fernández no decida sentarse en una silla de la sala, como lo hizo Perón, y mantener una charla similar a la sostenida por Perón con los cronistas, aquella vez al iniciar su tercera presidencia y en momentos muy dramáticos para la República. Aunque estoy persuadido que no le importa. Teódulo Domínguez Ex La Nación, Clarín, The San Diego Union, California |