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Para diputados y senadores, todo ciudadano es sospechoso y hay que ficharlo, con foto PDF Imprimir E-Mail
miércoles, 17 de septiembre de 2008
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Una valiosa obra arquitectónica, en La Plata, reservada a la sospecha y la humillación
¿Qué información de riesgo están manejando en el palacio municipal y en la Legislatura, para adoptar tan insultantes medidas contra los visitantes?
Algo está ocurriendo y nadie sabe explicar el misterio con claridad.
¿Hubo robos, atentados, zancadillas, tiros o puñaladas?
Mientras no se conozca la verdad, no tiene explicación el nuevo régimen de seguridad impuesto, tanto en la Municipalidad como en la Legislatura bonaerense.
En la entrada principal de la municipalidad ha sido instalada una guardia especial con refuerzo policial. La gente es buena, pero si se la hace pasar por filtros, mejor.
En la Legislatura, durante la administración Solá le decían al visitante “avance, ahí doble a la derecha, y va ver la chapa del diputado”.
Ahora el visitante debe someterse a un prolijo interrogatorio donde debe responder todo, mientras la empleada ingresa las respuestas en un archivo computarizado. Luego que destiló lo que le exigen, el visitante enfrenta una nueva y moderna medida inquisitoria, que Hitler envidiaría porque en la Alemania nazi todavía no habían llegado las cámaras actuales.
Una pequeña digital, montada en un trípode y a la altura del rostro del sujeto, le está apuntando. Antes de que advierta el disparo, el visitante quedó escrachado como si fuera un vulgar traficante de influencias. El fichado ha concluido. Buen material datero para un cd “todo terreno” que sirve para un roto como para un descocido.
Terminado el proceso policial, el ciudadano recibe una ficha impresa que debe portar mientras dure su estadía en la Legislatura, es decir, su prontuario y su foto.

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Sin confesión ni número de documento "osté non me entra, me son dado cuenta que osté es un colao"
  En la municipalidad le preguntan al visitante, como ocurría durante el régimen militar de Videla, a quién va a ver, el número de su documento, el domicilio particular, el motivo de la visita y otras declaraciones más. El habitual vecino que entraba y salía de su palacio municipal, para solucionar sus problemas, quedó en el pasado. Ahora es un sospechoso y no se distingue de cualquier delincuente que trate de pasar las defensas.

A unas cuadras de allí, en la Legislatura, el ciudadano debe agradecer que las cautelosas medidas preventivas no incluyen el registro de sus señas dactiloscópicas en el “pianito”, a quiénes ha visto o conversado antes de ingresar al edificio, si tiene entradas en la policía, el número del pasaporte, hasta que grado fue a la escuela, si tiene prohibida la sal en las comidas, qué prendas ha adquirido en la Salada, a qué signo del horóscopo pertenece. A quién votó en las últimas elecciones no, no, no, porque el voto es secreto. .
El visitante, según se deduce de todas las medidas de previsión que adoptó la Seguridad de la Legislatura, es un peligroso delincuente en potencia, un sospechoso que puede causar graves daños a los ocupantes del edificio. En otros terrenos, puede ser un molesto desocupado que viene a pedir trabajo, o alguien que necesita una tarjeta para internar a su mujer en el hospital. De cualquier forma, nunca se sabe. ¿Y si el coso resulta ser un chorro de gallineros o tiene que ver con la mafia mejicana de los narcos?
Nunca se sabe.

“¿Qué es esto?”, preguntó indignado un hombre de unos 80 años ayer por la tarde cuando dijo que deseaba ver a un senador. “¿Para qué?, le preguntaron en el mostrador. “Para saludarlo”, respondió ingenuo, sin darse cuenta qué se le venía.
Cuando lo agotaron a interrogantes y luego le apuntaron con la digital, el hombre mayor, que había pasado años de ser humillado por las fuerzas de ocupación, en situaciones similares, se volvió loco.
“¿Por qué me tratan como un sospechoso peligroso?”, preguntó cuando, del otro lado del mostrador, una joven empleada le apuntó con la cámara y disparó.
Un policía de civil  inventó que la justa indignación del ciudadano estaba ofendiendo a la empleada, lo que fue respondido con una fuerte réplica del agredido “Me estoy enojando por todo esto que es del peor momento de los militares genocidas. ¿Tampoco tengo derecho a enojarme?”
La empleada, con un fuerte gesto despectivo, le sugirió a un empleado “Atendelo vos”.

El lastimoso episodio terminó cuando esta persona mayor, que no tenía la menor seña ni señal de sospechoso, delincuente, vendedor de estampitas ni busca favores, tomó el formulario con su foto, lo estrujó hasta la mínima expresión y arrojó el bollo en el escritorio de la empleada. Se acordó en ese momento, luego confesó, la frase del escritor portugués, Saramago, cuando dijo en un reportaje “Hay que enojarse .. “
Naturalmente, así como había entrado diez minutos antes, abandonó el edificio.

El breve y nervioso incidente, apenas advertido por unos pocos, dejó varios interrogantes que, por supuesto, sólo pueden responder los sostenedores de este gravoso sistema de seguridad, donde los derechos ciudadanos quedan subordinados a los ridículos miedos legislativos.
¿Han decidido los diputados y senadores que la mejor forma de defenderse contra las supuestas amenazas, es convertir el edificio en una cárcel del pueblo, donde ellos son los presos y los delincuentes los dueños de la calle?
¿Hay ataques, amenazas, riesgos, que están corriendo los miembros de ambas cámaras, sin que la prensa se haya enterado,  y de allí las medidas de seguridad, a tal extremo que no pasa nadie si previamente no es fotografiado?
¿Son fotografiados todos, los amigos y familiares, los muchachos del partido, los piqueteros y sus colegas, los policías, jueces, miembros de las fuerzas armadas, o solamente los siervos de la gleba, los trabajadores, los docentes, los jubilados, los vecinos, los dirigentes de barrio?
¿A quiénes les pertenece la Legislatura, a los legisladores de dudosa producción política e intelectual,  o al pueblo que paga todos los gastos, sueldos, salarios y comisiones?
¿Son tan peligrosos los ciudadanos, hombre y mujeres, que concurren a la Legislatura que su presencia exige un prontuario con todos sus datos incorporados en el disco rígido de una computadora, con foto incluida?
¿La inteligencia, el talento, la habilidad, el saber de los legisladores no les da elementos de juicio ni razonamientos superficiales, para alcanzar a distinguir a un ciudadano inofensivo de un violador de menores?
¿No les da vergüenza a cada uno de los legisladores, someter a gente de bien, respetable, honrada, decente,  a este humillante manoseo,  porque ellos tienen miedo y sospechan que en cada ciudadano hay un delincuente al que hay que interrogar como en el régimen militar criminal de Videla y sus secuaces?
¿Habrá que sugerir a la ciudadanía, por aquello de trato recíproco, que toda vez que se presente un legislador bonaerense,  en cualquier lugar, se le exija su documentación, que se someta a un registro fotográfico y espere a ser atendido hasta incorporar sus datos a una notebook? ¿Aceptarán esta conducta de reciprocidad? ¿Acaso la igualdad no es uno de los grandes principios democráticos?

Sobre este último interrogante iba conversando con el accidental cronista, ya afuera, esta persona mayor, pelo blanco, pantalón claro, campera azulada, unos 80 años, con domicilio en Villa Elisa:
“Si, por casualidad, algunos de estos tipos viene a comprarme caramelos en el maxi, hasta que no ponga los dedos en el “pianito”, me confiese todo su prontuario y le escrache la cara con la digital, a mi boliche no lo dejo entrar. Más le digo: estoy seguro que después que me cuente su prontuario, antes de la foto, lo echo”.

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