Al ministro de Economía le escribe un ghost writter
martes, 12 de octubre de 2010

AB protagonizó en Washington el rol de hacerles limpiar a dos periodistas las mazmorras donde exterminaron a millones de seres humanos  

por Teódulo Domínguez

Image El ministro de Economía argentino ha insultado a dos periodistas en Washington.
Según una de las versiones la actitud del alto funcionario argentino comenzó con un comentario a uno de sus colaboradores. Al ver que se aproximaban al lugar los enviados especiales de “Clarín” y “La Nación” expresó  “Ahí viene la prensa asesina ”.
El exabrupto podría haberse tomado como una broma mordaz o una acusación idiota, infortunada.
Pero sus comentarios posteriores revelaron su verdadera intención de agredir, agraviar, ofender, al invitar a los dos periodistas a sentarse y allí descargar el raquetazo en la nuca que hoy comentan distintos medios.
En lugar de responder una de las preguntas,  puso en duda una declaración del “number two” del FMI, John Lipksy, publicada en todos los medios de USA y lanzó su primera andanada: “Lo que pasa es que ustedes se han vuelto FMI-adictos. Y si no, basta con mirar las tapas de los diarios de los últimos días”, dijo, señalando a la periodista Candelaria de la Sota, de “Clarín” y Martín Kanenguiser, de “La Nación”.

Es sabido que las tapas de los medios no las hacen los enviados especiales, sino los secretarios, detalle que AB conoce bien porque el material es editado en la Redacción, pero que simuló ignorar para volcar su letrina personal sobre los enviados especiales.
De inmediato exteriorizó su molestia: “Estoy harto de que me peguen, harto de que me maltraten ”, y añadió: “Yo propongo algo más divertido, vamos a revisar las notas que ustedes escriben una por una, y vamos a ver si no tengo razón, que tienen mala leche.
Hasta aquí su protesta podría ser atendible y justificada. Desde su forma de razonar, inclusive, podría acertar con sus bromas algo pesadas.

Sin embargo, ante la sorpresa de todos los que se hallaban en el lugar, les apuntó con saña a los hombre de prensa, para que la herida calara hondo y no hubiera duda de que encendía la mecha con el ánimo deliberado de “matar” sin compasión alguna, al mejor estilo de los guapos de Hansen, sin ser guapo, y escudado detrás del ominoso poder de la Presidencia de la Nación, su gabinete y la incondicional fidelidad de la FF.AA, si fuera necesario.

Les dijo AB a los dos periodistas: “Ustedes son como los que ayudaban a limpiar las cámaras de gas en el nazismo”.

La comparación reveló en sí misma que había sido medida de antemano, rumiada, pensada para lanzarla como un dardo al corazón de los primeros periodistas que se le aparecieran y, por elevación, lastimar hasta el tuétano a cuanto hombre o mujer de prensa considera enemigo personal y del gobierno que representa.
Ha habido ya varias interpretaciones sobre la bruta y ordinaria frase del ministro.
Tal vez la más disparatada y fuera de lugar haya sido la de representantes del judaísmo, al dejar a un costado la grave lastimadura causada a los dos periodistas, para destacar que el ministro había banalizado el holocausto judío de la última guerra. No le importó mucho a la gente del judaismo local el insulto a los periodistas, sino el uso de la catástrofe del holocausto como elemento matriz del agravio. Si AB los hubiera basureado con un pasaje de la mafia estadounidense o la dictadura china, no hubieran abierto la boca.

No sé que harán a partir de ahora mis colegas, pero puedo comentar lo que estoy haciendo.
Alguna vez lo hicimos en la sala de periodistas en la Casa de Gobierno y mal no nos fue. El caso más fuerte, estimo, lo llevamos a efecto contra el secretario general de la CGT, José Rucci, cuando nos enteramos que por orden suya nuestros colegas periodistas habían sido obligados a dejar el tercer piso por donde transitaban los visitantes a la central obrera, y donde ellos practicaban sus entrevistas.
Los periodistas expulsados decidieron instalarse en la puerta principal de entrada a la CGT, y allí padecían los caprichos de la temperatura, incluidas lluvias y otras molestias.
Conocida esta situación, los periodistas de la sala gubernamental decidieron que nadie entrevistaría a Rucci cuando visitara la Casa Rosada para dialogar con el Presidente de facto, o el ministro del Interior.
Durante más de 15 días y al tiempo que en el salón Blanco ocurrían importantes reuniones, ningún periodista le arrimó el micrófono o el grabador a Rucci, como tampoco nadie le hizo una pregunta.
Ante esta inesperada situación, el titular de Prensa de la CGT visitó la sala de la Casa Rosada e insistió varias veces para que se levantara la medida; la respuesta fue siempre la misma: “Si no vuelven nuestros colegas al tercer piso, no hay arreglo”. La CGT, Rucci, los altos dirigentes callaban y los cronistas seguían en la planta baja, trabajando en medio de serias dificultades.
Llegó la retractación de Rucci y su gente, la medida de los cronistas de Casa de Gobierno fue anulada y aquí no ha pasado nada. Durante dos semanas, para el público, Rucci no había estado en la Presidencia. En ningún momento los periodistas de Presidencia explicaron siquiera a sus jefes que Rucci estaba cuestionado. Todo se hizo sin estridencias, en tono menor, pero contundente.

En otra ocasión el ex presidente de facto, general Roberto Levingston, ya reemplazado en la Presidencia por el general Lanusse, llamó a los periodistas de Casa de Gobierno desde su departamento en Buenos Aires. Allí fueron los cronistas, los recibió Levingston en la puerta de acceso a su vivienda y comenzó a entregar copias de una declaración. Cuando uno de los periodistas intentó hacer la primera pregunta, el militar lo paró con los cinco dedos en alto y aclaró: “Sin preguntas. Ahí está todo dicho”. El cronista de “La Nación”, destacado en la Casa Rosada, de inmediato, le devolvió el sobre con el mensaje y le aclaró al ex presidente de facto:  “Señor, nosotros somos periodistas, no mensajeros. Usted puede enviar el sobre a las redacciones, se lo van a recibir”. Todos los cronistas hicieron lo mismo y se retiraron.

Aunque con resultados dispares, otra “travesura” funcionaba con alguna frecuencia. A los funcionarios prepotentes, autoritarios, descalificadores del trabajo informativo, sin importar el rango, sólo los identificábamos en nuestras crónicas con sus cargos, no con sus nombres y apellidos, que reemplazábamos con las iniciales. Por supuesto, esta sanción duraba un tiempo prudencial.

El actual ministro de Economía de la Nación no sólo ha insultado a dos colegas de los periodistas, sino que lo ha hecho con decidida alevosía, tratando de evitar el Código  Penal o no importándole en absoluto, porque sabe que el poder estará siempre a su favor, mientras le dure el cargo.
AB cometió, al mismo tiempo, la inmensa e infantil burrada de vincular su insulto con la muerte, la tortura, la tragedia europea ajena, la bestial agresión del nazismo a millones de indefensos judíos, gitanos, homosexuales, minusválidos, eslavos y víctimas de varias naciones más, la solución final, la que se agrava con la humillación de la desnudez, la cámara de gas y el arrojo de los cuerpos a las fosas colectivas, unos sobre otros, hombres, mujeres, niños, una grotesca y despiadada deforme masa blanca.

AB olvida, al usar esta infame metáfora, irresponsable, nazista, que si todos los días se mueren 30 chicos en nuestro país por efecto directo e indirecto de la desnutrición, no sólo se le mueren a la Presidenta de la Nación, también se le mueren a él, al ministro de Economía, porque el argumento oficial para erradicar de cuajo este holocausto argentino de más de 10.000 chicos condenados por año, es que no hay presupuesto suficiente para enfrentar esta cuestión.
Es una asquerosa mentira, porque hay presupuesto para los miembros y amigos del poder, para los amigos dilectos y especiales de AB. Para la subvención generalizada, sin control ni fiscalización, de favor, electoralista, a pobres, indigentes y multimillonarios.
No para evitar la muerte del 60/70%  de los 30 chicos por día; 900 por mes, unos 10.000 por año. No hay dinero para impedir la muerte de unos 6.000/7.000 niños por año.
Nunca ha sabido este cronista que AB haya hecho algo para erradicar el infanticidio local que, según expertos de la nutrición y la medicina, el 60/70% de estas 10.000 muertes “pueden ser evitadas” si se toman las medidas necesarias.

¿Quiénes tienen el poder de tomar las medidas necesarias, recomendadas por el sentido común, la voluntad solidaria y la responsabilidad de gobierno?
Las medidas necesarias dependen de la Presidenta de la Nación, del ministro de Economía y del resto del gabinete. Son los grandes responsables.

También, en lo suyo, son responsable los medios y los periodistas, porque les dedican enormes espacios a lo banal, la chatarra informativa, y nunca dicen en sus trabajos “ayer se murieron en el país 27 chicos por efecto de la desnutrición”, con nombre y apellidos, en qué lugares ocurrieron y abandonados por qué funcionarios.
Cada día debería salir un recuadro en primera plana con esta noticia de riguroso interés público.
Se repite hasta la desesperación la temperatura por radio y TV; cuántas vidas se salvarían si algunos de estos espacios de “la temperatura” se utilizara para informar sobre la muerte diaria de los chicos en Chaco, Formosa, Misiones, Salta, Jujuy, el Gran Buenos Aires.

En lugar de emplear parte del tiempo en descalificar a periodistas argentinos en Washington, capital federal de los Estados Unidos, sería altamente gratificante que AB pidiera los antecedentes de las 10.000 muertes de niños en la Argentina y decidiera, entre subvención y subvención, ahorrarle al país unas 7.000 vidas infantiles.

Esperemos que la próxima vez que AB enfrente una crisis emocional similar, al inefable y bien alimentado ministro de Economía, divertido, pintón, jocoso, de rutilante cabellera brummeliana al viento, intérprete de letras ajenas y cultor del difícil arte de zafar acusaciones automotoras,  no se le ocurra insultar a otros periodistas con una frase similar como podría ser “ustedes son los que ayudaban a limpiar las mugrientas y infectadas camas de los ranchos y hospitales donde se morían los chicos hambrientos y enfermos de este país”.